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La última fortaleza

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05.07.2026

Vivimos un momento curioso. Nunca ha habido tanta gente hablando de generosidad y, al mismo tiempo, tan pocas personas verdaderamente generosas.

Esta semana vi a un antiguo compañero de trabajo en televisión en el programa de Sonsoles Ónega explicando el delicado arte de dejar propina. Cuánto hay que dar. Cuándo sí. Cuándo no. En peluquerías, en restaurantes, en cafeterías… Me hizo sonreír. La memoria, afortunadamente, también tiene sentido del humor. No porque estuviera en desacuerdo con lo que decía, sino porque durante los cinco años que trabajamos juntos prácticamente nunca le vi pagar una cuenta.

Lo habitual era que invitara yo, mi entonces pareja, algún socio, un cliente o cualquiera que estuviera sentado a la mesa. De él apenas recuerdo una excepción: un rebujito en la Feria de Abril allá por el año 2022.

Quizá en estos dos años que llevamos sin trabajar juntos haya cambiado sus costumbres. Ojalá. Pero aquella entrevista me recordó que hay personas que hablan con mucha soltura de cuánto hay que dejar de propina cuando el verdadero misterio es quién paga primero la cuenta.

Pero esta columna no va de él. Ni siquiera va de las propinas. Va del señorío.

Vivimos un momento curioso. Nunca ha habido........

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