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Valencia, metrópoli del Este

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29.03.2026

Recreación aérea de cómo quedará la promoción en el centro de Valencia. / Moisés Domínguez

Reinterpretar la historia medieval a la luz de las filias y fobias actuales es uno de los graves errores de nuestro tiempo. En ello han caído los nacionalismos más pedestres desde el romántico siglo XIX. Y ahí seguimos. Los valencianos, en nuestro caso, de modo aún más incongruente dado que no nos ponemos de acuerdo sobre cuestiones básicas como el territorio o la lengua, incluso discutimos sobre orígenes, enseñas y acentos, debatimos hasta de los ingredientes de la paella, creando un galimatías que nos impide avanzar como sociedad moderna.

Así, por ejemplo, se ha decidido rescatar el término histórico «cap i casal» para redefinir a la contemporánea ciudad de Valencia, capital del antiguo Reino, de la posterior región y de la actual autonomía. Una descripción de lo más anacrónica y que solo será útil si lleva aparejado un conocimiento más profundo de la historia propia, que muchos valencianos desconocen todavía en su esencia a pesar de la alfabetización en las escuelas actuales sobre el idioma valenciano y la geografía física y humana que nos identifica.

En realidad, el «cap i casal» que ahora se rescata solo funciona como autoafirmación de orgullo local, pero resulta inexportable a buena parte de la Comunitat, dado que ésta, como la definió no sin cierta ironía el politólogo de Borriana, Vicent Franch, se caracterizaría por su extensa red de poblaciones intermedias y satélites, que a modo de ciudades-estado rivalizan, confrontándose con las vecinas y no aceptando de buen grado la existencia de capitalidades superiores. Se comprenderá entonces que la expresión «cap i casal» chirríe en Alicante o incluso en Castellón, o que a los jóvenes de la propia Valencia que han sobrevivido a la leyenda sobre su Ruta del Bacalao les parezca insulso.

Lo paradójico es que del «cap i casal» escribió Francesc de Eiximenis, de quien, varios siglos más tarde, retomaría el concepto Joan Fuster y también Manuel Sanchis Guarner. El primero, franciscano con estudios en Oxford a finales del XIV, pretendía reforzar la idea de que el «casal» ya residía en Valencia, y los segundos interpretaron que se refería a una supuesta capitalidad política y cultural que les defraudaba por haberla perdido al no ceñirse al esquema identitario de origen catalán ni liderar dicha culturización.

Contrariamente a lo que se ha repetido sin fundamento documental, ni la Crónica de Jaume I ni Els Furs citan textualmente el «cap i casal», solo hablan del «cap», lo cual es significativo. El «casal» medieval refiere el lugar donde reside la estirpe, la residencia o espacio donde se encuentra la casa del rey, el linaje, que es el elemento fundamental de la legitimidad y herencia del poder en la Edad Media. El «cap» es el propio rey o la cabeza del abolengo, y el «casal» donde reside, no éste sino su dinastía. De ahí que el término doble se empiece a emplear en el siglo XII para referirse a Barcelona, «casal» de los condes que se unieron a los reyes de Aragón para crear el linaje de la Corona, llamada de Aragón no por el territorio sino por la estirpe real. No hay confederación que valga tal como la imaginó Ernest Lluch. Lo que ocurrió es que a partir del siglo XIV Barcelona, sumida en guerras civiles y con la nueva dinastía de los Trastámara, pierde peso frente a la pujanza comercial de Valencia, que pasa a reivindicarse como renovado «casal».

O sea, que hemos vuelto a abrir el melón de la Historia, caído en el ombligo localista y en una versión insuficiente de la compleja evolución de la política. Hace más de medio siglo, el empresario y financiero, Ignasi Villalonga, explicó cómo funcionaba el régimen foral valenciano. Villalonga era conservador pero valencianista e intentó por todos los medios sostener un proyecto cultural y financiero para Valencia.

Más recientemente, el medievalista Rafael Narbona, en su libro La ciudad de Valencia y su proyección territorial (Orbis Tertius, 2025), explica el comportamiento político valenciano desde el siglo XIII al XV, y que tal como se intuía se asemeja al de las ciudades italianas de la época: una urbe mercantil con un fuerte patriciado que despliega una fuerza militar propia para mantener bajo su dominio al resto de localidades del territorio circundante, incluso por las armas: la ciudad de Valencia actuaba de modo equivalente a Venecia, Génova o Florencia. Una ciudad y un territorio bajo su control. Un modelo, en suma, que no es extrapolable a la realidad actual.

El más funcional proyecto de expansión para la ciudad de Valencia no ha de pasar por el rescate de sueños historicistas, sino tal como predijo el lúcido sociólogo y urbanista José Miguel Iribas, por articularse como gran metrópoli del Este español –el Levante en expresión que tanto disgusta y habría que obviar–, ganando demografía y asumiendo su carácter bilingüe como una sociedad híbrida y a la vanguardia. Un hinterland o territorio de influencia de Valencia que a lo largo de los siglos ha desbordado de forma natural tanto los límites lingüísticos como los administrativos valencianos, lo ha hecho siempre, atrayendo flujos de sus fronteras con el bajo Aragón, Castilla, la Mancha, Murcia e incluso Ibiza y el delta del Ebro.

Se trataría de planificar una red de comunicaciones rápidas y sostenibles para convertir a Valencia en el gran polo del Este hispánico. La metrópoli donde han de residir hospitales de referencia para la medicina más adelantada, las mejores universidades con múltiples titulaciones, los programas museísticos de prestigio, la ópera y las orquestas sinfónicas –a pesar de Timothée Chalamet–, incluso las tiendas de marca internacional o los grandes despachos y estudios profesionales…

Para todo ello hay que vincularse con líneas férreas y autopistas ágiles, también por mar, creando polígonos de desarrollo tecnológico y logístico, así como bolsas de suelo que sirvan para los necesarios programas de vivienda que urbanicen los espacios que han de suturar el territorio con armonía y calidad. Pero, claro, todavía estamos con el Corredor Mediterráneo, que es la vértebra básica, el primer paso articulador del territorio valenciano que, siguiendo la lógica sensata de nuestros ancestros, recupera el eje de la Vía Augusta, es decir, la conexión con el sur y con Europa. Algún día se concluirá, no sabemos cuándo. Tal vez algún año de estos también podamos dejar de quedar tirados, los valencianos, en medio de las obras de la estación matritense de Chamartín.


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