La Nación no tiene ADN
Polémico cartel de campaña de Vox que criminaliza a los menores migrantes. / Agencia ATLAS | EFE
Hay una idea que vuelve a recorrer Europa con el disfraz de la sensatez: que una nación es, antes que nada, una comunidad de sangre, de origen y de costumbres heredadas. Sus defensores rara vez hablan ya de “razas superiores” o de "pureza racial”. Han aprendido que ciertas palabras escandalizan. Prefieren expresiones como “identidad”, “reemplazo demográfico” o “defensa de nuestra cultura”. Pero cambiar el vocabulario no cambia necesariamente la lógica.
El “etnicismo” sostiene que no todos los ciudadanos pertenecen de la misma manera a la nación. La ciudadanía jurídica sería apenas un papel; la verdadera pertenencia dependería de los antepasados, el color de piel, la religión familiar o el lugar de nacimiento de los padres. Es una concepción profundamente antidemocrática: transforma una comunidad política, abierta en principio a quienes participan de ella, en una herencia privada reservada a los supuestamente originarios.
Conviene distinguir, por supuesto, entre criticar una política de regularizaciones masivas, exigir fronteras seguras o reclamar una integración eficaz, y afirmar que millones de personas constituyen una amenaza por su procedencia. La democracia puede discutir cuántas personas llegan, en qué condiciones y con qué derechos. Lo que no debería aceptar es que el origen determine el valor de una persona; o su condición nacional.
La extrema derecha europea -especialmente los partidos del Eurogrupo “Patriots”, entre ellos Vox- ha convertido esa confusión en una herramienta política. Presenta al inmigrante........
