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La sociedad de las series, ¿y de la lectura?

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monday

Hablamos más de series que de literatura. / L-EMV

Cuando damos un vistazo a los análisis sociales nos vienen a la cabeza títulos como sociedad líquida, del cansancio, del desencanto, de la desilusión, de las pantallas… para definir qué tipo de realidad social estamos tejiendo para las próximas generaciones. Convendrán conmigo que podríamos añadir otro título explicativo para atisbar los derroteros de nuestra actualidad como organización humana y social: la sociedad de las series. No hay lugar donde no se hable de alguna de ellas. Uno de los temas de conversación es qué serie estás viendo o has dejado de ver y la que tienes pensada abordar en los próximos días. Suelo decir que, si queremos comprender nuestra actualidad, nuestro hoy, con sus virtudes y miserias, sólo tienes que sentarte en el metro y observar. Hace diez, quince años viajar en el metro era asomarse de forma gratuita a las novedades editoriales más acuciantes del momento. Daba gusto el silencio, la concentración de mayores y pequeños metidos hasta el cuello en ese universo imaginario de la lectura. Hoy, por desgracia, la mayoría de las personas han dejado de leer y pasan las paradas ensimismadas, ya no, al menos, en las noticias del día, sino en las series.

No tengo nada en contra de las series, no son un mal en sí mismo, faltaría más. Pero es precisamente la lectura, el estudio, la escritura las que nos ayudan a atisbar lo que hay detrás de esta especie de sociedad Netflix que todo lo inunda. Una de las novelas distópicas más importantes del siglo XX es Un mundo feliz de Aldous Huxley. Se advierte, al dictado, lo que estamos viviendo, a saber: las consecuencias que pueden desarrollarse de los peligros derivados de sacrificar la libertad individual, las experiencias profundas como la espiritualidad y, sobre todo, el pensamiento crítico por el placer y el consumo constante. No olvidemos que Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, otra novela distópica importante, analiza la posibilidad de la censura del pensamiento y la destrucción de la cultura a través de la utilización de la tecnología y el entretenimiento superficial para controlar la sociedad. El éxito del pensamiento de Byung-Chul Han está precisamente en señalar que hoy todo se consume perdiendo la autenticidad y la plenitud de lo que hacemos y proyectamos.

Le invito al lector a que haga un repaso, y si es posible crítico, del cambio de hábitos a raíz de la eclosión de las series, qué ha dejado de hacer y qué hace ahora que antes no hacía. Siempre que se me plantea esta problemática me viene a la cabeza una estatua de Finlandia cuyo título reza de la siguiente forma: «Lee aunque te estés ahogando». Su representación es asombrosa: un hombre bañándose en un río con un libro en las manos. Detrás de la acción de la lectura, como leí en un tuit, «palpita el secreto del progreso y la elevación de los pueblos». Solía decir Nietzsche que la escuela tenía tres deberes: enseñar a leer, a escribir y a hablar en público. Sólo de esa forma está garantizado el pensamiento crítico con el esfuerzo de dejar de hacer lo que los demás hacen. Ver una serie es muy cómodo, es sentarse y hacer lo que miles de personas hacen. Leer un libro requiere de esfuerzo, de un acto singular único en el que se nos muestra la historia desde diferentes consideraciones y perspectivas. Un libro no se consume porque se adentra en lo más íntimo de tu ser. Como acostumbraba a decir Enrique Tierno Galván: «Más libros, más libres».


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