Sorolla en la sopa
Paseo a orilla del mar', de Sorolla expuesto en la Fundación Bancaja / Levante-EMV
La luz de Sorolla cazada como si se tratase de una revelación, ese paseo del gótico al modernismo que puntualizaba Gil Albert, las capas del tiempo templando las fachadas, el andar sin objetivo, un instante de belleza goethiana o la metamorfosis del temblor invisible del deslumbramiento. Todo eso está muy bien, que diría el señor del anuncio que promete colocar unos tolditos contra el sol en las pirámides de Egipto, pero esa luz que alegorizaba el sorollismo y ese andar cautivado entre visiones gilalbertianas, como nos recuerda Joan Alvarez a golpes de lirismo aquí mismo, sacraliza una Valencia teletransportada hacia un pasado inmune al desastre de la memoria, y cree uno que el esplendor hay que contrastarlo con los ingredientes de la vida, que suelen ser más mortales y trágicos. (Buñuel decía que contrató a Fernando Rey porque “hacía muy bien de muerto”, y contaba Indro Montanelli en sus memorias que cuando a Franco le mostraron una foto de Mussolini y su amante colgados se quedó un rato mirándola con una lupa y soltó: “los han atado mal”. Azcona no “centraría” mejor la acidez de la vida). En el hábito ordinario del callejeador resulta que se reduce el éxtasis: hace muchísimo calor en Valencia, los indigentes se acomodan en los jardines, un mercadillo de la droga toma los bajos de un edificio de Goerlich en el centro, antes de pisar la Fnac hay que sortear a los “homeless”, si se te ocurre entrar en San Joan del Mercat -los Santos Juanes-........
