Las joyas de Zapatero y el fin de la inocencia política
Zapatero, en un mítin en la plaza de toros de València en mayo de 2011 / Marga Ferrer
Lo primero que pensé cuando supe que un juez había imputado a José Luis Rodríguez Zapatero por numerosos delitos de esos sucios y asociados a la putrefacta corrupción fue: "no me lo creo". De verdad, así fue. Lo dije varias veces en voz alta. "Venga, va, cacería mayor". El presidente del Gobierno que impulsó el matrimonio igualitario, la ley integral contra la violencia de género, la ley de dependencia, la de Memoria Histórica, la de igualdad y el que retiró las tropas de Irak y anunció el cese de la violencia de ETA, no podía ser un ladrón de tres al cuarto, un gañán de esos que llega con la promesa de limpiar la administración de amantes de lo ajeno y acaba sucumbiendo al canto de sirenas del lado oscuro.
No. No podía ser. Felipe González había acabado su mandato perseguido por los escandalosos Filesa, Roldán y, especialmente, los GAL. A José........
