Contra envidia (y II)
Imagen de archivo. / ED
El envidioso detesta al que admira al mismo tiempo y por la misma razón: carece de lo que en el otro brilla, destaca o llama la atención. Pero, más al fondo, de lo que carece el envidioso es del propio brillar o destacar, pues la envidia se crece por la mirada y el reconocimiento de terceros, se haya producido ya o todavía no. Se carece de algo en particular cuya posesión nos enaltece, es cierto, pero entre las carencias que movilizan la envidia destaca la admiración ajena que recae sobre el envidiado.
Tristeza por el bien ajeno dicen las tradiciones morales, pero cabe preguntarse si no sería más descriptivo añadir dolor por el bien ajeno. La tristeza paraliza en el abatimiento, el dolor en cambio mueve a su evitación, ya sea poniendo distancia, ya sea eliminando la carencia. Ambas son también las reacciones más frecuentes al dolor de la envidia.
Caín no envidió las ofrendas de Abel, sino el reconocimiento divino que él mismo no mereció. Pero no quedó abatido o entristecido, sino que le arrebató el dolor por la existencia misma del hermano y lo mató. El odio, que es el deseo de destruir algo o alguien, es también la funesta cima pasional de la envidia. Suprimir la realidad que duele es una pasión que puede transformarse en pasión política. No obstante, es necesario advertir que la ira del justo, el dolor que moviliza ante una injusticia, es solo la coartada del envidioso.
La envidia no........
