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La fiesta pide límites y políticos de verdad

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14.03.2026

La estación del Norte de València, en la tarde de ayer. / Miguel Angel Montesinos

Entiendo a Morrissey. Seguro que hay divismo en su decisión de cancelar un compromiso de trabajo por una mala noche. Seguro que hay egoísmo al frustrar los planes de tanta gente. Pero entiendo cada vez más el valor del silencio. Y discrepo cada vez más de la tiranía del ruido. Están bien las ganas de alegría y de romper el ritmo de los días. Pero la fiesta no puede ser una apisonadora que deje sin derechos a quien quiere seguir con sus rutinas de vida. Podría enumerar todo lo que no puede ser estos días, pero cualquier valenciano ya sabe esa lista.

No se quiere afrontar un problema de masificación y excesos, porque cada año ha de ser de récord. Esa es la dinámica política dominante, en la que solo caben cifras grandilocuentes y a los temas importantes se les da patada hacia adelante y se crean comisiones o congresos que los analicen, pero no se afrontan, porque decidir tiene el riesgo de que cueste votos. Y la única dinámica válida es la electoralista.

València, ayer, durante la 'mascletà'. / Miguel Angel Montesinos

Cuando llegan estos días que son de fiesta pero aún no lo son, pienso en 2020. Hace seis años, cinco días antes de empezar todo, fuimos capaces de frenar en seco sin saber bien lo que teníamos delante y que al poco se demostró como una gran tragedia. Quizá alguien cuente pronto cuánto costó aquella decisión y........

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