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Los servicios públicos, en la UCI

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22.05.2026

Entrada de Urgencias en una imagen de archivo. / Agustí Perales Iborra

Hace una semana pasé la noche en la UCI. La intervención quirúrgica que tenía programada se alargó y, por precaución, allí me ingresaron. Una UCI nunca es un lugar amable: cables, tubos, sondas, vías, monitores que pitan cada pocos minutos y esa inmovilidad extraña en la que el cuerpo parece dejar de pertenecerte. En una sala así, entre las profundidades del sueño inducido y los despertares abruptos, solo quedan dos opciones: hablar con una misma u observar. 

Observé el trasiego del personal sanitario, las caras de cansancio, la calidez de quienes te atienden incluso cuando apenas tienen tiempo para mirarte a los ojos. Observé también las carreras de un celador que no daba abasto. Quédense con ese dato: un celador.  

Aquel hombre iba arriba y abajo sin descanso: trasladaba pacientes, atendía avisos, pedía disculpas por tardar, como si la responsabilidad de una plantilla insuficiente fuera suya y no del modelo que la permite. Desde que se me asignó habitación hasta que pudieron subirme a planta pasaron cuatro horas y cuarenta minutos. 

El hospital al que me refiero es el único hospital........

© Levante