Muy importante II. Matar a mis amigos
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Reina una atmósfera local. Lógico. Si pido un café con hielo me traen ese agitado que llaman glacé, un bebistrajo con una pajita por el que me soplan seis o siete pavos en lugar de los dos euros y medio que me impongo de tope. El truco está en pedir un expreso y por favor muy educadamente aparte sivuplé unos cubitos de hielo frío, helados, grandes. Muchas veces pretenden no entenderme, el hielo para los pezones, se mofan, pero los parisinos lo hacen todo a sabiendas. En la mesa de al lado, una mujer madura de pestañas largas como su pena se aparta el cabello para fumar y trata de espantar una abeja.
Anoche soñé que moría uno de mis seres más queridos. Soñar que alguien muere es entregarle años de vida, esa es la explicación paliativa. En el sueño se me hacía intolerable volver a casa porque ahora allí no iba a estar esa persona, no quería acudir a su ausencia (recuerdo aquel poema de Enrique Lihn: “No es lo mismo estar solo que estar solo en una habitación de la que acabas de salir”), así que me pasaba el sueño en la calle, de picos pardos. Al final cada uno es como es, efectivamente. De niño no me dejaron nunca jugar con pistolas. Entiendo que mi madre quería extirpar de nosotros alguna idea constituyente de los hombres. Tal vez por eso hoy no hay en mí -ni detecto en mis hermanos- el más mínimo rastro de ambición.
Anuncian en L’Officiel des spectacles un bolo de Rebequita en la sala Badaboum, pero resulta ser un chascho, una DJ, no es la Rebe mía princesa de España que escribe canciones con majestad de extrarradio, de diosa doméstica que en su........
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