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Arañando el Atlántico

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Un cartel situado junto a un edificio en construcción en una avenida de Bogotá pide estos días a los colombianos: "No se vayan, que ya lo estamos componiendo". Más allá de su optimismo, lo que llama la atención de este anuncio, de varios pisos de alto, es su capacidad de información. Con ocho palabras, borra de un plumazo las docenas de titulares de una prensa interesadamente autista, ensimismada en las mezquinas batallitas políticas de siempre, y, como el negativo de una foto, informa de un hecho del que no tardaremos en oír hablar: los colombianos se están marchando. Hace ya tiempo que se van del campo a las ciudades, desplazados (ese es el eufemismo de la retórica política local) por los sangrientos episodios de la guerra civil colombiana, la más vieja del mundo. Desde hace unos cuantos meses, quien puede se marcha del país. En un colegio de paga de unos mil alumnos, en Bogotá, setenta se dieron de baja este año por causa de emigración.
     Es de prever, así, que en los próximos tiempos los colombianos se unan de una forma más apreciable a ese enorme proceso de mezcla e intercambio en el que está sumida la comunidad hispanoamericana desde hace ya tiempo, casi siempre forzada por la pobreza, la guerra y otras múltiples formas de la desgracia, y que está armando una cultura, una cosa, algo, de lo que todavía no se habla.
     No se trata de un boom literario, u otras etiquetas creadas por una ávida industria periodístico-cultural (también, pero........

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