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La voluntad de los muertos

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11.08.2026

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Por una curiosa coincidencia, la literatura volvió a irrumpir en la conversación pública colombiana durante las últimas semanas. Primero fue el estreno de la adaptación cinematográfica de La Odisea, dirigida por Christopher Nolan; pocos días después, la muerte del periodista y escritor Plinio Apuleyo Mendoza (1932-2026). Si la primera hizo que muchos recordaran a personajes tan improbables como el abogado pastuso Leopoldo López Álvarez –el único hispanoamericano que tradujo íntegramente del griego y el latín la obra de Homero, Virgilio, Esquilo y Aristófanes–, la segunda reabrió una discusión menos erudita, pero acaso mucho más reveladora: hasta qué punto las ideas políticas de un escritor condicionan el juicio que hacemos de su obra y de su vida.

Mendoza comenzó su carrera como un fogoso liberal de simpatías socialistas. Su padre no solo fue amigo del inmolado líder Jorge Eliécer Gaitán, sino que estaba a su lado cuando lo asesinaron. Más tarde se convirtió en un entusiasta defensor de la Revolución cubana y, con el paso de los años, se movió hacia la derecha y terminó siendo un atrabiliario abogado de oficio del expresidente Álvaro Uribe Vélez. En cada una de esas etapas escribió textos que hoy producen asombro, antipatía y, en ocasiones, franca vergüenza. Baste un ejemplo: alguna vez comparó a los parapolíticos recluidos en la cárcel de La Picota ¡con los prisioneros del campo de concentración de Auschwitz!

Esa deriva, desde los fervores progresistas de la juventud hasta el conservadurismo radical de la madurez, ha terminado por dificultar cualquier valoración serena de su trayectoria. Los escritores que cambian de orilla ideológica suelen correr esa suerte. A diferencia de quienes permanecen siempre en el mismo campo político, son juzgados retrospectivamente: el desenlace de sus vidas reorganiza todo lo anterior, como si cada libro, cada amistad y cada decisión hubieran sido apenas el anuncio de aquello en lo que terminarían convirtiéndose. El joven socialista empieza a parecernos ya un girondino en potencia; el viejo reaccionario acaba proyectando su sombra sobre el escritor brillante que fue décadas atrás. Esa ilusión retrospectiva explica, al menos en parte, por qué los intelectuales que cambian de bandera política rara vez reciben una lectura ecuánime.

Nada extraño, pues, que tras la muerte de Mendoza hayan reaparecido en los obituarios y, sobre todo, en las redes sociales, numerosas acusaciones cuya relación con los hechos es, cuando menos, discutible. Una de las más repetidas sostiene que “censuró” la obra literaria de su exesposa, Marvel Moreno (1939-1995), al impedir durante varios años la publicación de su novela póstuma El tiempo de las amazonas.

La historia, sin embargo, es bastante más compleja.

Juan Camilo Brigard, un exalumno de la Universidad de los Andes, reconstruyó minuciosamente ese episodio en su ensayo “Edición y política”, incluido en el volumen colectivo Ilusión y materialidad. Perspectivas sobre el archivo, editado por Jerónimo Pizarro y Diana Paola Guzmán. Su investigación arroja una luz muy distinta sobre el caso: una que no absuelve a Mendoza, pero que tampoco confirma la acusación de censura tal como hoy circula, simplificada hasta........

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