El demonio que inspiró la invención de las computadoras
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Durante los años de la Revolución francesa, el matemático francés Pierre-Simon Laplace tuvo una idea que obsesionó a la comunidad científica en los siglos por venir: la posible existencia de una inteligencia tan potente que podría calcular matemáticamente la posición exacta de todas las partículas del universo. La idea de Laplace alimentó el deseo de que, al resolver cualquier ecuación y al calcular todo con certeza, podríamos eliminar todos los problemas y enigmas de este mundo. Por muchos años la idea de Laplace circuló entre la comunidad científica sin ningún nombre en particular, hasta que en el siglo XX la llamaron “el demonio de Laplace”. Una vez bautizada así, se volvería una referencia común en la ciencia y la filosofía.
¿Qué poderes tenía este formidable demonio de la ciencia? Como esta criatura conocía la configuración atómica exacta del estado actual del universo y podía calcular su trayectoria completa, él podía saberlo todo, incluso el pasado y el futuro. Este demonio no solo era omnisciente, también podía viajar a través del tiempo, sin encontrarse ninguna sorpresa en su camino. Para él, el pasado era prólogo, ya que poseía un registro perfecto de toda la historia del universo a través de todos los tiempos.
En el exitoso libro La máquina del tiempo (1895) del escritor H. G. Wells, el personaje principal usa una referencia al demonio de Laplace para explicar cómo podría funcionar un aparato para trasladarse al pasado o al futuro: “Supongamos que conoces completamente la posición y las propiedades de cada partícula de materia, de todo lo que existe en el universo en cualquier momento, supongamos, es decir, que fueras omnisciente.” Para alguien con tal conocimiento “si ‘pasado’ significara algo, significaría mirar en cierta dirección; mientras que ‘futuro’ significaría mirar hacia el otro lado”. Este ser no conocería ni el olvido ni lo inesperado. “Para un observador omnisciente no habría un pasado olvidado, ningún fragmento de tiempo que hubiera dejado de existir, ni un futuro en blanco de las cosas aún por revelar.” El tiempo básicamente desaparecería para él: “De hecho, el presente, el pasado y el futuro no tendrían significado para tal observador: siempre percibiría exactamente lo mismo. Vería, por así decirlo, un universo rígido que llena el espacio y el tiempo, un universo en el que las cosas son siempre las mismas. Vería una única serie inmutable de causa y efecto hoy y mañana y siempre.”
La idea de Laplace no nació del mundo de la ficción. Al contrario: los poderes de omnisciencia, previsión y predicción eran tan codiciados por los científicos que varios de ellos empezaron a experimentar con estas ideas con el fin de convertir estas especulaciones en realidad. El invento y desarrollo del cálculo diferencial fue un gran paso en esa dirección. Al usarlo para resolver las ecuaciones de las leyes de movimiento descubiertas por Isaac Newton, físicos y matemáticos podían calcular la trayectoria en el espacio y el tiempo de partículas tan pequeñas como los átomos o tan grandes como los planetas del sistema solar. Los cálculos eran complicados y laboriosos, pero teóricamente nada impedía extenderlos y aplicarlos a muchas cosas más allá de las partículas elementales de la física o las masas de la astronomía. El problema parecía ser solamente práctico.
La búsqueda de tal demonio motivó la construcción de máquinas informáticas de cálculo sumamente potentes. En un comienzo, se construyeron con engranajes de metal y palancas, luego se usaron tubos de vacío, y después se emplearon semiconductores y microchips. Pronto, los científicos se dieron cuenta de que aun las supercomputadoras más poderosas no alcanzarían el poder de tal demonio. Pero el problema parecía ser solo de escala. Para poder hacer cálculos aún más complejos, se empezaron a construir enormes granjas conectando computadoras en serie y creando las primeras redes informáticas.
Laplace mencionó su idea por primera vez en un artículo técnico sobre la teoría del cálculo publicado en 1773. En medio del texto, les pidió a sus lectores que se imaginaran un ser muy particular. “Si imaginamos una inteligencia [une intelligence] que, en un instante dado, abarca todas las relaciones de las partículas de este universo –escribió Laplace–, ella podría determinar para cualquier tiempo tomado en el pasado o en el futuro la posición respectiva, los movimientos y, en general, los apegos [afectaciones] de todos estos corpúsculos.” Una referencia posterior a esta “inteligencia” apareció nuevamente en la introducción de un libro innovador titulado Ensayo filosófico sobre las probabilidades publicado originalmente en 1814. En este libro, las matemáticas de Laplace dejaron el cómodo nido de la ciencia especializada y........





















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