Nuestra defensa de Venezuela
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No nací en una ribera del Arauca vibrador y, sin embargo, me siento venezolano. Tuve un amigo caraqueño, el fino escritor y filósofo Alejandro Rossi, que me narraba las hazañas de su bisabuelo, el legendario general José Antonio Páez, héroe de la independencia conocido como el “gran lancero”. Por la amistad de Alejandro habría yo defendido al país natal de su madre, pero hubo otras razones para empeñarme en esa batalla. Y esas razones no han sido otras que la defensa de la democracia y la libertad que soñé desde joven para mi propio país, y que con la llegada del comandante Chávez al poder en 1999 vi claramente amenazadas en aquella nación, y en Iberoamérica toda.
Letras Libres, la revista que fundé en enero de 1999, nació con esa vocación. Un mes más tarde, Hugo Chávez asumió la presidencia de Venezuela. Por un lado, una revista literaria que aspiraba a seguir la misión crítica de la revista Vuelta, que Octavio Paz había fundado y dirigido hasta su muerte en abril de 1998. Por otro, un nuevo régimen que prometía la redención al pueblo venezolano pero que, por su propia naturaleza y por sus precedentes históricos, estaba destinado a infligir a ese mismo pueblo la mayor decepción y el mayor dolor de toda su historia. Letras Libres y el chavismo: nacimientos paralelos, vocaciones opuestas.
Desde el primer número seguimos con particular atención las noticias de Venezuela. En los días previos al triunfo de Chávez, Rossi había advertido:
Es increíble que la legalidad republicana haya permitido que se presentara como candidato. El teniente coronel favorece la boina roja –esos signos típicos de los grupos de choque–, gusta de las amenazas, nada veladas, a la estructura democrática de Venezuela, y balbucea un brumoso programa populista de justicia social.
Los problemas de Venezuela –es verdad– son graves […] Pero nada justifica arriesgar la democracia, condición necesaria de cualquier solución. El comandante Chávez es el resultado –grotesco, desde luego– de situaciones y tentaciones latentes en toda Hispanoamérica. Es, pues, una buena oportunidad para reflexionar y sacar conclusiones. Todos.1
La reflexión no se dio. El insensato optimismo de fin de siglo borró las nubes en el horizonte. Yo mismo padecí ese espejismo. Por aquel tiempo, escribí dos ensayos biográficos sobre el Che Guevara y Eva Perón, a partir de las biografías que acababan de publicarse. Parecían ya personajes remotos, dignos de aparecer en las playeras de los jóvenes o en las obras de Broadway, como aquella famosa Evita en la que ambos bailaban tango. Pero pronto entendí que el comandante Chávez no era un actor de la política sino un político con notables dotes histriónicas que tomaba absolutamente en serio el legado retórico del populismo argentino y el aura mítica del Che Guevara. Pero algo más ocurrió, una premonición. En una cena oficial en México a fines del año 2000, vi conversar animadamente al presidente Chávez con el hombre que fue su inspiración, su padre intelectual, político, moral. Ese hombre que en su país era “como el todo”, y a quien Chávez veneraba justamente por eso, por ser “como el todo”, sería el autor de la obra macabra que se escenificaría muy pronto en Venezuela y que ha durado en escena veinticinco años: Fidel Castro.
No se hablaba de populismo en aquellos primeros años del siglo XXI. La perplejidad del ataque a las Torres Gemelas atrajo la atención del mundo. Y, sin embargo, lenta y fatalmente, el populismo que creíamos sepultado como una excentricidad argentina comenzó a renacer en Venezuela, con nuevos ropajes de radicalismo. Y poco a poco, la conciencia liberal en la región comenzó a calibrar el peligro. En 2003 fui invitado a Cartagena a un congreso convocado por la Fundación para la Libertad, de Mario Vargas Llosa. Allí conocí a Américo Martín. Hablamos largamente. Había sido el guerrillero venezolano favorito de Fidel Castro. Había participado en la invasión guerrillera a Venezuela desde Cuba. El Che Guevara, en sus últimos años, lo consideraba la esperanza del continente. Este idealista intachable, que había sufrido una espantosa enfermedad en sus andanzas de guerrillero, había comprendido desde fines de los sesenta y principio de los setenta que la mejor vía –mejor dicho, la única vía– para Venezuela era la democracia en libertad. Y no estaba solo en esa temprana convicción. Lo acompañaban muchos otros legendarios guerrilleros venezolanos, entre otros, señaladamente, el gran intelectual Teodoro Petkoff. A partir de ese momento, Américo y yo comenzamos a tratarnos como hermanos. Me tenía al tanto de Venezuela. Gracias a él comencé a entender que Hugo Chávez representaba algo muy distinto a un caudillo tradicional: una extraña cruza de marxista trasnochado, fascista de libreto, militar autoritario, ideólogo delirante y venerador de héroes (comenzando por él mismo). Todo eso, pero también un nuevo tipo de líder carismático adorado por el pueblo.
La desconcertante aparición de liderazgos similares en Europa, aunque provocada por otros factores de índole étnica, religiosa y nacionalista muy distintos a los de América Latina, despertó también por ese tiempo el interés del mundo académico. Hacia 2004, el historiador de Princeton Jan-Werner Müller convocó a un congreso sobre populismo. Estudioso del fascismo y el nazismo, Müller entendía mejor que nadie el parentesco filial del populismo con esos dos movimientos que, junto al comunismo, devastaron al siglo XX. Ahí escuché –no sin sentir náuseas– a algunos “expertos” latinoamericanos defender el caso venezolano y boliviano como una nueva forma de democracia, no la vieja democracia griega, ni tampoco sus variantes occidentales y europeas, todas decadentes, sino la “verdadera democracia”, la “democracia participativa”. No era difícil recordar que también en la Europa secuestrada por la Unión Soviética las repúblicas que no eran repúblicas se apellidaban democráticas sin serlo.
¿Cómo explicar la aparición de ese nuevo y avasallante régimen unipersonal en Venezuela? ¿De dónde extraía su legitimidad? ¿Cuál era su naturaleza? En ese congreso quise responder a estas preguntas. Había populismos de izquierda y populismos de derecha, pero todos actuaban al conjuro de la palabra mágica: “pueblo”. Populista puro había sido el general Juan Domingo Perón, testigo del ascenso del fascismo italiano y admirador de Mussolini al grado de querer “erigirle un monumento en cada esquina”. Populista posmoderno era Hugo Chávez, quien rendía culto religioso a Castro al grado de buscar convertir a Venezuela en una colonia experimental del “nuevo socialismo”. Los extremos se tocaban, cara y cruz de un mismo fenómeno político cuyo análisis, por tanto, no podía intentarse por la vía de su contenido ideológico sino de su funcionamiento práctico.
*
Para desmontar ese mecanismo, basado en la Política de Aristóteles, la sociología política de Max Weber y el precedente peronista y fascista, desarrollé un “Decálogo del populismo latinoamericano” aplicado explícitamente a la Venezuela chavista:
I. El populismo exalta al líder carismático. No hay populismo sin la figura del hombre providencial que resolverá, de una buena vez y para siempre, los problemas del pueblo.
II. El populista no solo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella. La palabra es el vehículo específico de su carisma.
III. El populismo fabrica la verdad.
IV. El populista utiliza de modo discrecional los fondos públicos.
V. El populista reparte directamente la riqueza.
VI. El populista alienta el odio de clases.
VII. El populista moviliza permanentemente a los grupos sociales.
VIII. El populismo fustiga por sistema al “enemigo exterior”.
IX. El populismo desprecia el orden legal.
X. El populismo mina, domina y, en último término,........
