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Guardián de la memoria

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24.08.2026

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Nos conocimos en el fragor del 68. Él era consejero universitario por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y yo por la de Ingeniería. No recuerdo cuáles fueron las primeras palabras que cruzamos. Él sí las recordaba. Él recordaba tantas cosas. Se llamaba –y cómo duele, a unos días de su muerte, usar ese tiempo verbal– Fausto Zerón-Medina.

Nació en 1947. Pasó su infancia y adolescencia en Guadalajara donde estudió en colegios maristas y jesuitas. Cuando llegó a México para cursar simultáneamente la carrera de leyes y de ciencias políticas, traía consigo un asombroso bagaje de cultura católica. Su saber, metódico y comprensivo, se centraba en la historia de la Iglesia en México, pero su catolicidad hacía honor a la raíz griega de la palabra. Lo abarcaba todo: las artes y la literatura, la filosofía y la teología. Y en ese todo, por supuesto, cabía la cultura clásica que Fausto también hizo suya.

Por sus obras –como manda el Evangelio– comencé a conocerlo. Me surtía de libros y folletos provenientes de la biblioteca de su abuelo, sugerencias sobre enfoques históricos, datos........

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