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Miguel Mancera Aguayo, un héroe civil de México

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17.08.2026

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Miguel Mancera Aguayo fue, en verdad, uno de los mejores economistas que ha tenido México. Me atrevo a hacer tal afirmación con base en tres consideraciones. Primera, lo que logró durante su muy prolongada carrera profesional, la cual conozco con cierto pormenor. Segunda, por su manera de conducirse con una seriedad profesional a prueba de bombas, con gran calidad ética, con una capacidad de concentración admirable. Y tercera, por su capacidad de ganar discusiones en asuntos de gran complejidad técnica. Sobre todas las cosas, Mancera fue un hombre de ideas muy claras.

En una ocasión viajamos a Guadalajara a un evento del Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas. Habiendo fungido como orador principal, en contra de sus deseos fue obligado a permanecer en el presídium. Y en tal posición, de tanta incomodidad para él, un conocido empresario local hizo una proclama atrevida: que la política cambiaria debería concentrarse en mantener un tipo de cambio ligeramente subvaluado (es decir, que el nivel de los precios internos fuese más bajo que los externos). Con inmensa claridad y brevedad de palabra, el banquero central explicó que tal cosa era imposible por el efecto del arbitraje del comercio internacional, el cual tiende a emparejar con mucha fuerza los precios internos con los externos. Ante aquella respuesta implacable, al proponente no le quedó más remedio que volver a su lugar, refutado.

En su larga trayectoria en la banca central, Mancera se manifestó como un líder con propuestas muy originales. Un ejemplo es el enfoque que tuvo en mente para la designación del funcionario del Banco de México que tomaría las riendas del área de comunicación social. La tradición, un tanto miope y rutinaria en todo el sector público, era la de designar para la tarea a un periodista. La gran desventaja de tal práctica es que daba lugar al nombramiento de personas con un conocimiento nulo o muy pobre sobre las actividades sustantivas encomendadas a la entidad en cuestión. Por ello, hacia 1988 Mancera se decidió para la mencionada posición por una persona con formación profesional de economista. Juan Diez Canedo, un colega en Investigación Económica, me dio su recomendación personal para aquel cargo.

Aunque Mancera nunca me diera la explicación precedente, yo capté el mensaje y procedí en consecuencia: desplegando una actividad muy proactiva en mi relación con los periodistas y los medios. El principal reto era explicar los daños que la inflación causa a la marcha de una economía. De hecho, la autonomía que se otorgaba a los bancos centrales respondía a la finalidad de evitar el surgimiento de episodios alcistas con todas sus consecuencias negativas. En el transcurso de la encomienda se me presentó la oportunidad de contribuir a la formación de muchos reporteros nuevos, recién egresados de las escuelas de periodismo. Mi jefe Mancera y yo íbamos avanzando en la ardua tarea de crear un consenso social en contra de las políticas inflacionarias cuando sorpresivamente se produjeron las dificultades de balanza de pagos del año 1994, que terminaron en literal tragedia, con las fuertes devaluaciones de diciembre de dicho año y enero del subsiguiente. La crisis que se desató resultó de una intensidad inusitada. 

Regresando al período formativo del joven Miguel Mancera, seguramente contribuyó en medida importante para su consolidación temprana el hecho de haber fungido su padre – el prestigiado contador público Rafael Mancera– como subsecretario de Hacienda de 1948 a 1958. Por insistencia del Fondo Monetario Internacional, fue creada la subsecretaría de Egresos para controlar el gasto público y el nombramiento recayó en el mencionado profesionista. Es casi seguro que la influencia de don Rafael también haya pesado para que su tercer hijo varón, de nombre Miguel, se matriculara en la carrera de economía del naciente ITAM. Pronto se destacó Miguel en sus estudios y escribió una tesis de licenciatura notable por su fina argumentación, en su momento rompedora de tabúes arraigados: en ella abogaba por atraer inversiones del exterior, bajo la disciplina de la apertura comercial. Ello, para evitar, mediante la fuerza de las importaciones, la adquisición de poder........

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