La brecha equivocada
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Hay una escena que se repite en miles de casas a las tantas de la madrugada y que todavía no tiene nombre. Hay una escena que se repite en miles de casas a las tantas de la madrugada y que todavía no tiene nombre. Alguien lleva varias horas delante de una pantalla haciendo algo que nadie le ha pedido. ¿Una serie, una partida, otra nueva conspiración mundialista? No: generar la enésima imagen de un astronauta melancólico, afinar por penúltima vez el prompt que casi –casi– consigue el efecto, o levantar a golpe de conversación con una máquina una pequeña aplicación que, con suerte, solo usará él. No cobra por ello. No lo necesita. No puede parar. Y si uno se molesta en mirar quién es ese alguien, descubre, con una regularidad sospechosa, que casi siempre es un hombre.
Lo digo como uno de ellos, sin la coartada de estar contando algo ajeno. Decir que me dedico a ello sería una excusa, porque conozco esa pulsión desde dentro con la incomodidad de quien se reconoce con los ojos cerrados en una fotografía de grupo. Por eso me interesa, y me irrita un poco el modo en que la conversación pública ha decidido enmarcar el asunto: llevamos dos años midiendo, con abundancia de estudios y titulares, una brecha que resulta ser la equivocada.
La versión oficial decía así: las mujeres usan menos la inteligencia artificial que los hombres, y eso las va a dejar atrás. Hubo datos serios detrás. Los economistas Anders Humlum y Emilie Vestergaard, en una encuesta a dieciocho mil trabajadores daneses de finales de 2023, encontraron que las mujeres tenían dieciséis puntos porcentuales menos de probabilidad de usar ChatGPT que los hombres. Y –esto es lo fino– la diferencia se mantenía entre personas del mismo puesto y las mismas tareas. Por aquellos meses, en la web de ChatGPT ellas eran apenas el 42% de las visitas. Los números, mirara uno por donde mirase, dibujaban lo mismo: ellos, más; ellas, menos.
Esa brecha se cerró mientras la contábamos. Escribo esto en 2026, y los datos ya no dicen eso. Según la encuesta que Pew Research publicó en junio de este año, hombres y mujeres declaran usar los chatbots casi en idéntica proporción –un 50% ellos, un 47% ellas–, cuando solo dos años antes la diferencia era de once puntos. Y tiene toda la lógica del mundo: ChatGPT es a la inteligencia artificial lo que Facebook fue a internet, la puerta ancha por la que entra todo el mundo, la abuela incluida. Una herramienta que sirve para pulir un correo, resumir un contrato o preguntar por qué llora el niño se democratiza sola, porque la utilidad no entiende de sexos. En el propio recuento de Pew, ChatGPT lo usan la misma proporción de unas y de otros: 44% y 44%, un empate técnico y hasta poético. Si el debate era ese –quién cruza la puerta ancha–, ha terminado en tablas.
Salvo que ese empate esconde más cosas. Que crucen la puerta con la misma frecuencia no significa que hagan lo mismo una vez dentro, y ahí los números vuelven a separarse. En la misma encuesta de Pew, los hombres dicen usar los chatbots a diario bastante más que las mujeres –un 27% frente a un 20%—, se declaran más seguros y dicen más veces que la máquina les ayuda a producir. El acceso se ha igualado; la intensidad, no. Y la intensidad es justo lo que le importa a esta historia, porque nadie se vuelve obseso de algo que toca una vez por........
