¿Por qué toda utopía política acaba en desastre? Jorge del Palacio sobre Michael Oakeshott
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Gobernar no consiste en transformar la naturaleza humana sino en mantener la paz. Jorge del Palacio, editor de la antología de Michael Oakeshott “Ser conservador y otros ensayos escépticos” (Alianza), charla con Daniel Gascón sobre el autor: por qué criticó el racionalismo en política, qué distingue la asociación civil de la asociación empresa, y por qué su escepticismo ilustrado sigue siendo el mejor antídoto contra el totalitarismo y la polarización.
Jorge del Palacio Martín es profesor de Historia del Pensamiento Político en la Universidad Rey Juan Carlos. Especialista en historia de las ideas políticas e ideologías contemporáneas, con especial atención a la cultura política italiana, ha sido visiting fellow en el European University Institute de Florencia y en la Universidad LUISS-Guido Carli de Roma. Es editor de la antología de Michael Oakeshott “Ser conservador y otros ensayos escépticos” (Alianza Editorial).
DANIEL GASCÓN: Hola, muy buenas. Bienvenidos a Letras Libres España, el salón de Gascón. Es un placer estar con quien estoy hoy, que es el profesor de pensamiento político en la Universidad Rey Juan Carlos, Jorge del Palacio. Muy buenas, gracias por acompañarnos.
JORGE DEL PALACIO: Encantado de estar aquí.
DANIEL GASCÓN: Vamos a hablar de uno de los filósofos políticos más interesantes y singulares del siglo XX, que es Michael Oakeshott. A quien Jorge, que además de profesor es escritor y editor, ha editado una antología en Alianza Editorial que es Ser conservador y otros ensayos escépticos. La primera pregunta sería: ¿quién fue Michael Oakeshott?
JORGE DEL PALACIO: Yo creo que lo podemos ir desgranando a lo largo de la conversación. Michael Oakeshott fue durante toda su vida un profesor. Hizo la primera parte de su carrera en Cambridge como profesor de filosofía política, y después en la London School of Economics. Es curioso porque la relevancia que tuvo en vida fue por ser un profesor relevante en universidades relevantes, pero Oakeshott seguramente ha ganado una fama póstuma. Cuando murió, casi todas las editoriales de los periódicos, incluso The Guardian, siendo él un pensador conservador, le señaló como uno de los pensadores más originales de la centuria. Casi todos los obituarios lo pusieron a la altura de John Stuart Mill, de Edmund Burke, es decir, de las grandes luminarias de la filosofía política inglesa y británica.
Lo que ocurre es que Oakeshott, a diferencia de contemporáneos como Isaiah Berlin, no jugó el papel de ser un personaje público; siempre se mantuvo en una segunda fila, no buscó la relevancia pública. Y esa forma de estar en el mundo se proyecta después en una producción literaria bastante limitada para lo que realmente escribió. Esa vocación de no llamar demasiado la atención se sustancia en la anécdota de cuando sus discípulos, porque no tuvo hijos, fueron a la última casa en la que vivió en Dorset, al sur de Inglaterra. Se encontraron muchísimos ensayos, libros que después se publicaron, pero que él en vida ni siquiera consideró interesante publicar. Afortunadamente, además, porque vivía en un mundo académico en el que no había agencias de calidad académica que le persiguiesen para que publicase papers.
DANIEL GASCÓN: El “publish or perish” no era lo suyo.
JORGE DEL PALACIO: No, él no estaba en esa lógica. Y de hecho el libro de filosofía política más importante, El racionalismo en la política, tampoco es un libro unitario u orgánico. Es una colección de ensayos cuya lógica de agregación tampoco está clara; más bien pertenecen a un entorno cronológico y en las distintas ediciones les han ido quitando o añadiendo. En eso se asemeja mucho a uno de sus grandes ídolos filosóficos, que era Hume: no escribió libros sistemáticos, sino ensayos, formas de acercamiento a temas.
DANIEL GASCÓN: Él nace en 1901 y muere en 1990. Era un filósofo del conservadurismo, un conservadurismo muy peculiar, muy británico. Tenía esa frase de que se podía ser conservador en política y radical en todo lo demás. ¿Y en qué era radical? ¿Qué significa ese “todo lo demás”?
JORGE DEL PALACIO: Sobre todo porque tenemos un problema con Oakeshott: nos falta una gran biografía. No tenemos esa gran biografía que, por ejemplo, tiene Isaiah Berlin, que escribió Michael Ignatieff. La biografía de Oakeshott la hemos tenido que ir reconstruyendo desde pequeñas biografías incorporadas en libros que se escriben sobre él, o muchos testimonios que nos van contando cómo era. Y uno de los grandes rasgos que sobresale, y que choca quizás para una percepción un poco estrecha de lo que es ser conservador, es que era un dandy, era un bohemio y sobre todo era un mujeriego. Michael Oakeshott llegó a ser un problema para las autoridades académicas en Cambridge, y respiraron desahogados cuando se fue a la London School of Economics porque no respetaba ningún tipo de rango o condición. Más allá de la anécdota, era un bohemio: iba en un coche deportivo, un MG, le gustaba jugar el papel del personaje extravagante, iba vestido con americanas de colores chillones, con flores en el ojal. Un tipo de vida muy bohemia, muy desordenada en algún sentido, que era perfectamente compatible con ser conservador en política.
¿Por qué? Porque para él el conservadurismo no tenía que ver con una concepción moral de los seres humanos ni de la política, sino simplemente con una disposición, una actitud, a considerar como un recurso positivo para manejarse en política la tradición, los usos, los hábitos y las costumbres heredadas.
DANIEL GASCÓN: Sí, él tiene ese artículo sobre la actitud conservadora donde dice: “Ser conservador es preferir lo familiar a lo desconocido, lo que sea probado a lo que no, el hecho al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo infinito, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo superabundante, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la felicidad utópica.”
JORGE DEL PALACIO: Exacto. Es una de las frases más bonitas, que señala también esta forma ensayística y un poco poética en la que él escribía, cosa que para la hegemonía de la filosofía política del momento, que era la filosofía analítica, era una forma de escritura que carecía de carácter científico. Pero su forma de aproximarse sustancia muy bien esa idea de lo conservador, que es básicamente tener una disposición de agradecimiento y gratitud hacia lo recibido y no entenderlo como una carga, sino como un depósito positivo desde el cual uno avanza, reforma y ejerce desde cierta seguridad.
DANIEL GASCÓN: Has mencionado El racionalismo en política, que tiene que ver con algo curioso: podrías decir que su forma de escribir es antirracionalista también, aparte de que el fondo lo sea. Cuando él habla del racionalismo en política, ¿a qué se refiere y por qué lo critica?
JORGE DEL PALACIO: Lo del racionalismo en la política tiene un punto provocador, porque nosotros ya venimos formateados en la cultura occidental para que lo racional sea lo bueno y lo irracional sea lo malo. Y mucha gente desde lecturas apresuradas asocia directamente: un conservador que está contra la razón, no me digas más, un señor que debe estar con el trono y el altar, el irracionalismo, la religión, etcétera. Pero no tiene nada que ver con eso.
Lo que Oakeshott critica al hablar del racionalismo en la política es una actitud muy arraigada en el mundo de la cultura filosófica y política occidental: esa tendencia a pensar que la mejor manera de hacer política es empezar por un diseño o una idea de sociedad ideal que se piensa al margen de la experiencia y que luego se quiere proyectar sobre ella. Él cree que ese proyecto racionalista, que nace para él desde el Renacimiento con la ciencia, y que desemboca en esa pretensión de organizar la sociedad de la manera más perfecta posible para desde ahí mejorar la naturaleza humana, es una de las ideas que ha desembocado en el totalitarismo y en el desastre de la primera y la segunda guerra mundial.
¿Esto quiere decir que para Oakeshott la razón no tiene espacio en la política? No, al contrario: él cree que desde esa perspectiva conservadora la política no debe imponer una racionalidad desde fuera, sino que lo que debe hacer es intentar entender la racionalidad, la lógica de lo que ha funcionado hasta el momento. En este punto está hablando por boca de uno de sus grandes héroes, que es David Hume, y a través de Hume por la ilustración escocesa. La idea de que nosotros vivimos en un mundo donde los hábitos, las costumbres y las instituciones no forman parte de un diseño deliberado. El Estado, la moneda, la familia no surgen porque alguien un día se sentó con un lápiz y un papel y dijo: “Voy a ver cómo puedo organizar mejor la forma de intercambio económico.” No: son prácticas que se van aquilatando y ellas mismas van sugiriendo cómo se pueden mejorar.
DANIEL GASCÓN: Es una visión empirista, y también con la idea de la costumbre puedes pensar en Burke.
JORGE DEL PALACIO: Efectivamente. Lo que él contrapone a través de sus lecturas es una contraposición entre lo que sería una ilustración radical a la francesa, que termina en el experimento de la Revolución Francesa y que se convierte en el mito que alumbra todas las experiencias radicales del siglo XX, y otra que sería la experiencia inglesa y británica, en la cual se llega a la democracia a través de una evolución interna: es capaz de evolucionar desde una monarquía hasta una monarquía parlamentaria, desde ahí un sistema liberal y desde ahí hacia una apertura de un sistema de masas que se hace compatible con la democracia. Siempre con esa idea, muy rica y muy sutil en él, de la búsqueda de las sugerencias: para llegar a los derechos del hombre y de la mujer no se le ocurren a alguien, sino que es algo que se decanta por el propio nacimiento de la individualidad, y como el individuo moderno para preservar la búsqueda de sus objetivos personales va requiriendo de las instituciones un espacio personal en el cual no se pueda interferir.
DANIEL GASCÓN: Y estas son obras que se publican en la Guerra Fría, que es un momento antiideológico para algunos. ¿Todas las ideologías le parecen mal o peligrosas?
JORGE DEL PALACIO: La actitud o la tendencia a pensar la política al margen de la experiencia se sustancia en algo muy concreto: la política ideológica. La idea de que proyectamos en un pequeño libro cómo debe ser la sociedad, cuál es el motor de la historia y hacia dónde vamos a llegar. Teniendo eso claro, el resto son cuestiones técnicas. A eso él le llama la “política del libro”. ¿Todas las ideologías son malas? Para Oakeshott el liberalismo no sería una ideología en ese sentido. ¿Por qué? Porque dice: podemos tomar el ejemplo del Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil de John Locke, pero en la medida en que es la decantación de una tradición política que se ha constituido históricamente y ha conducido a un escenario de libertad, podría ser un ejemplo particular de ideología no pensada al margen de la realidad, sino una ideología que proyecta una experiencia de éxito que ha terminado en un gobierno limitado. Pero es verdad que hay un gran aire de Guerra Fría en todo........
