El jardín enrevesado de Lozano-Hemmer
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En la oscuridad, no se sabe bien dónde inicia el recorrido. Las luces de afuera, en el jardín que da a la avenida, son tan llamativas que el visitante quisiera ir como polilla hacia su destello. Pero antes hay que rodear y recorrer el jardín interior. A un costado de la entrada del edificio, un montón de gente se arremolina alrededor de una vitrina de acrílico con cajas, cables y lucecitas. Nadie entiende nada hasta que llega una guía que explica que se trata de una instalación cuyos contadores “detectan el ángulo con que la radiación alcanza la Tierra” y ello genera la luminosidad de un triángulo de luz encima del Museo de Arte Moderno.
Entre la incredulidad y los términos para nada evidentes de la ficha (muones, partículas subatómicas) que explica el abstracto Faro colisionador (2026), uno de los asistentes se atreve a preguntar. “¿Cómo sabemos que no nos están mintiendo?” Risas, fotos, miradas al cielo para observar el haz de luz, la repetición de la guía de los datos de la pieza.
Luego, encima de las escaleras del redondel del fantástico recinto que diseñó Pedro Ramírez Vázquez, la proyección de un video donde se ve el interior de un órgano. Son las Cuerdas vocales (2019) de diversos poetas que, de nuevo gracias a la cédula informativa, recitan un tratado de Charles Babbage en que el británico, inventor de la primera computadora mecánica, propone que el habla perturba el aire y por lo tanto se podría rastrear el movimiento de las partículas atmosféricas para recuperar todas las palabras jamás dichas.
Planteada para visitarse a partir de las 7 de la noche, la muestra Jardín inconcluso de Rafael Lozano-Hemmer propone una serie de piezas que se dividen en dos: las primeras,........
