En busca del (poco) crecimiento perdido en México
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En 2025 la economía de México creció 0.8%, para colocarse como el cuarto país con el peor crecimiento económico de América Latina. Y, aunque en tres de los siete años en los que ha gobernado la Cuarta Transformación o 4T (nombre que el expresidente López Obrador le puso al periodo en el que Morena ha ejercido la presidencia de México) el crecimiento per cápita ha sido negativo, el estancamiento económico de México es un problema estructural y endémico, no meramente coyuntural. Podemos desglosar el problema en dos dimensiones: una raíz estructural histórica, que nos arrojaba un crecimiento promedio cercano a 2%, y una parálisis coyuntural ligada al modelo actual que ha reducido esa tasa de crecimiento a la mitad. Aunque la 4T resalta logros en reducción de pobreza y estabilidad macroeconómica, su modelo –centrado en la redistribución sin motores de productividad y crecimiento– muestra ya signos de agotamiento.
En los últimos meses, la presidenta Claudia Sheinbaum ha manifestado un notable interés por construir una agenda que acelere el crecimiento económico del país. Posiblemente preocupada de que el modelo de redistribución sin crecimiento sea insostenible en el mediano plazo, ha mantenido varias reuniones con el sector privado y grupos de economistas. De este proceso surgió la propuesta del plan de infraestructura. Sin embargo, es poco probable que en estas reuniones se hayan abordado cuatro asuntos centrales que ayudan a entender la reciente reducción en el crecimiento económico en México y que no se atienden en dicho plan: a) el proyecto de consolidación y permanencia del poder político, b) la ideología, c) la baja capacidad administrativa y de ejecución del gobierno y d) la falta de competencia en varios sectores de la economía nacional.
El primer tema es de índole política. El proyecto político de Morena –ahora en fase de consolidación institucional– es incompatible con la creación de una política económica que fomente el crecimiento. El proyecto de consolidación de un poder político hegemónico, a través del fortalecimiento del poder ejecutivo y el partido, así como el debilitamiento de los poderes judicial y legislativo, la erosión de las instituciones electorales y el acoso a las asociaciones de la sociedad civil, seguirá socavando los derechos individuales, las capacidades de defensa de los ciudadanos y las empresas frente al Estado y finalmente desgastando a la joven democracia mexicana. Esto, a su vez, reduce la inversión, acelera la migración del capital humano y, en consecuencia, disminuye el crecimiento y el empleo. Si bien los académicos todavía debaten el efecto que los regímenes políticos tienen sobre el crecimiento económico, los análisis más recientes obtienen resultados bastante claros. Estos estudios1 estiman que la transición a un régimen democrático aumenta –o disminuye si la transición es hacia un régimen autocrático– el PIB per cápita en el largo plazo en un 20% a través de una mayor inversión en capital físico y mejoras en la salud y la educación de la población. En América Latina, el ejemplo más extremo de este fenómeno es Venezuela, donde durante los años del presidente Maduro la economía se contrajo un 70%.2 Asimismo, los estudios sugieren que la mayor parte del efecto negativo que sobre el crecimiento económico presentan las autocracias se da en los regímenes personalistas. Estas lecturas, junto con la literatura sobre las consecuencias de las instituciones y el “populismo” sobre la prosperidad económica y social, dejan ver los efectos que tendremos sobre el crecimiento económico si seguimos en nuestro camino hacia un sistema más autocrático y de debilidad e incertidumbre institucional.3
Por otra parte, el uso de las transferencias sociales con fines políticos y el abandono de los servicios públicos generan resultados positivos sobre la distribución del ingreso, pero lo hacen a costa de la movilidad social. Los efectos negativos en el crecimiento económico en el mediano y largo plazo se deben principalmente al impacto negativo sobre la educación y la salud. Las mejoras que sobre la distribución del ingreso producen las políticas social y económica deben aplaudirse, pero al mismo tiempo es necesario criticar su clara intención partidista y la negligencia con respecto a la calidad y disponibilidad de los servicios públicos. Mientras casi dos terceras partes del crecimiento del gasto público (sin tomar en cuenta los intereses de la deuda y participaciones a los estados) se destinaron a transferencias y pensiones, los indicadores de salud y educación se han deteriorado notablemente durante los gobiernos de la 4T.
El segundo tema a........
