Geometría del espanto
Estar atentos a la actualidad de ese rincón germinal de la historia que hoy llamamos Irán es asistir a una regresión de la especie. Lo que estamos viendo no es un conflicto de fronteras, ni siquiera una disputa por el crudo que ahora fluye como sangre negra hacia los ochenta dólares el barril; es la quiebra del principio de realidad.
La psiquiatría conoce hace tiempo que el síntoma nunca es la enfermedad, sino su disfraz. El misil que surca el cielo de Isfahán es el síntoma; la patología es un mesianismo de civilizaciones que ha decidido que el apocalipsis es una estrategia política razonable. Hemos pasado décadas diagnosticando patologías menores como la «fatiga pandémica» o los «trastornos adaptativos» de nuestra pequeña burguesía, mientras en el tablero geopolítico se gestaba un brote de autoritarismo paranoide que hoy estalla en racimo.
La muerte de Jamenéi, confirmada entre el estruendo de los bombardeos, no es solo el fin de un líder mesiánico, es el colapso de una estructura de control que mantenía a su nación bajo un delirio compartido. Pero cuidado con el optimismo del cirujano: extraer el tumor no garantiza la salud si el paciente ha olvidado cómo respirar en libertad. El mesías de Occidente, con su habitual torpeza diagnóstica, cree que la democracia se inocula como una vacuna, olvidando que las sociedades, como los individuos, necesitan procesos de duelo y maduración que no se aceleran con pólvora.
Es, una vez más, el impulso de Tánatos desatado a escala global. El ser humano tiene una capacidad asombrosa para el autoengaño; nos decimos que esto es por la «seguridad regional» o la «libertad», cuando en realidad es el viejo impulso de destrucción, la incapacidad de gestionar la alteridad sin aniquilarla. Es una patología identitaria llevada al paroxismo: «Soy porque te destruyo».
Hoy, Teherán no es solo una ciudad bajo el fuego, es el espejo de nuestra civilización. El derrumbe de valores se ha globalizado. Ya no hay marcos de referencia donde cobijarse, solo la cruda exposición al miedo. Y el miedo es el peor de los consejeros: anula el córtex prefrontal y nos devuelve al cerebro reptiliano, donde solo existe el ataque o la huida.
Las líneas entre la defensa y la agresión se han difuminado tanto que ya nadie sabe quién disparó el primer miedo, aunque sepamos quién lanzó el último proyectil. Cuando el humo se disipe y los mercados ajusten sus cuentas, quedará el trauma. Y este, a diferencia de las infraestructuras, no se reconstruye con fondos de inversión. Se queda ahí, latente, esperando la próxima generación para volver a brotar. Mientras, seguiremos resolviendo nuestra neurosis con esta geometría del espanto.
