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Pese a todo, la IA podría potenciar el criterio político de la juventud

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14.03.2026

Este es un espacio de debate que no compromete la opinión de La Silla Vacía ni de sus aliados.

Esta columna fue escrita por el columnista invitado Álvaro Acevedo Merlano.

En medio del actual contexto político se están produciendo cambios en la manera en que las nuevas generaciones acceden al conocimiento y construyen su posición frente a la realidad política del país. En ese proceso, la inteligencia artificial comienza a desempeñar un papel cada vez más presente, cuyo alcance todavía estamos lejos de comprender plenamente.

Durante años ha habido un temor persistente en el ámbito educativo frente al impacto de las tecnologías emergentes sobre las formas tradicionales de enseñanza. Con la expansión acelerada de la IA, ese temor ha reaparecido con fuerza. No insistiré aquí en una discusión ya bastante conocida sobre si la tecnología terminará reemplazando prácticas pedagógicas tradicionales. Aunque sí vale la pena detenerse en una de las preocupaciones más recurrentes: la transformación de la relación de los estudiantes con la lectura, la escritura y, en general, con los procesos de construcción del conocimiento.

En distintos escenarios educativos, tanto universitarios como de secundaria, se han identificado patrones similares en los trabajos escritos de los estudiantes. El uso frecuente de herramientas de IA para redactar textos ha despertado inquietudes legítimas sobre el desarrollo de las competencias lectoescritoras. El diagnóstico suele repetirse: se lee poco, se quiere todo resumido y cada vez es más común delegar en la tecnología tareas que antes formaban parte del propio proceso formativo.

La preocupación no es menor. Si no se practica la escritura, difícilmente se desarrollará la capacidad de argumentar, organizar ideas y construir textos con autonomía. Pero tampoco se trata de demonizar el uso de estas herramientas: utilizar IA para revisar estilo, mejorar claridad o reorganizar un texto podría entenderse como una extensión de recursos que siempre han existido en los procesos de escritura.

Otra inquietud frecuente tiene que ver con la manera en que los jóvenes consumen información. La lectura fragmentada, el predominio de contenidos breves y la expectativa de obtener todo de forma inmediata pueden afectar la capacidad necesaria para comprender textos extensos y complejos. La formación intelectual requiere enfrentarse a textos difíciles, a argumentos densos y a procesos de interpretación que no siempre se resuelven con rapidez.

Sin embargo, en medio de estas preocupaciones comienza a aparecer una paradoja interesante.

En el transcurso de mis clases y en la interacción cotidiana con estudiantes he podido observar un fenómeno que matiza algunos de estos temores. Muchos jóvenes están desarrollando posturas políticas frente a la realidad contemporánea del país con una rapidez que antes resultaba menos frecuente. En parte, esto puede explicarse por la facilidad con la que hoy acceden a información histórica, sociológica y geopolítica mediante herramientas de IAl.

A pesar de los sesgos algorítmicos que estas tecnologías pueden reproducir, ofrecen puntos de entrada para aproximarse a contextos históricos que antes podían ser más difíciles de explorar. Esto ha permitido que algunos estudiantes conozcan episodios de la historia reciente del país, contrasten narrativas y elaboren posiciones frente a ellas.

En cierta medida, este acceso ampliado a la información podría contribuir a disminuir una forma de amnesia colectiva que durante décadas ha marcado la vida política colombiana.

Lo que resulta más llamativo es que el mismo uso de IA que genera inquietudes en el ámbito educativo también está potenciando, en algunos casos, la formación de una conciencia política más informada entre los jóvenes. Hace apenas una década celebrábamos el potencial democratizador de internet como herramienta de acceso al conocimiento. Hoy ese proceso se intensifica con la IA, que permite consultar múltiples fuentes, contrastar perspectivas y acceder rápidamente a información que antes podía encontrarse dispersa o mediada por filtros institucionales.

Por supuesto, este escenario no está exento de riesgos.

La sociedad de la información lleva décadas enfrentando el problema de la desinformación. Las competencias digitales siguen siendo fundamentales para distinguir entre información confiable y contenidos falsos. Hace veinte años el problema ya existía, pero hoy la sofisticación tecnológica ha elevado el nivel de complejidad.

La IAl permite editar imágenes, manipular videos y producir contenidos digitales cada vez más convincentes. Esto hace que la frontera entre lo verdadero y lo falso sea cada vez más difícil de identificar, incluso para personas con altas competencias digitales. Y si esta situación ya es compleja en el presente, es fácil imaginar que en los próximos años lo será aún más.

Paradójicamente, esta dificultad abre una nueva disputa por la legitimidad de la verdad. La proliferación de contenidos manipulados puede convertirse en el argumento perfecto para que los grandes medios de comunicación —tradicionalmente hegemónicos— reclamen nuevamente el monopolio de la verdad. Bajo la promesa de ofrecer información confiable, podrían intentar reinstalar su papel histórico como árbitros exclusivos de lo que es verdadero y lo que es falso.

No obstante, el escenario actual muestra algo distinto: las nuevas generaciones ya no dependen exclusivamente de una única fuente de información. La posibilidad de contrastar datos, consultar diferentes perspectivas y explorar múltiples interpretaciones de los acontecimientos ha modificado el ecosistema informativo.

Esto no significa que la IAl garantice la verdad. También puede reproducir errores, amplificar sesgos o generar interpretaciones equivocadas. Por ejemplo, en medio de la avalancha de información sobre la guerra en Irán, la IA Grok de X afirmó erróneamente que el video de un misil impactando un edificio correspondía a un espectáculo pirotécnico en las Fallas de Valencia. En realidad, no se trataba de ese evento ni de Irán, sino de un bombardeo ocurrido en Beirut en 2024, según lo verificó la agencia EFE.

Episodios como este recuerdan que estas herramientas no reemplazan el trabajo de verificación periodística. Aun así, la IA introduce una variable nueva: cada vez resulta más difícil sostener narrativas políticas basadas únicamente en la manipulación informativa.

Tal vez, en este panorama electoral que atraviesa el país, valdría la pena preguntarse cuánto de la nueva conciencia política de los jóvenes se explica por la facilidad con la que hoy pueden contrastar discursos y acceder a información histórica que antes permanecía dispersa o inaccesible.

Es posible que, por primera vez en mucho tiempo, mentirles a las nuevas generaciones sea un poco más difícil. No defiendo la idea de que la IA sea irrefutable. Pero sí es cierto que ofrece herramientas para buscar, contrastar y poner en cuestión a los regímenes de verdad. Tal vez por eso comienza a debilitarse algo que durante décadas fue más fácil de sostener: el monopolio de quienes decidían qué debíamos creer. Y en el terreno político, esa diferencia puede resultar decisiva.

Álvaro Acevedo Merlano

Antropólogo, poeta y ensayista colombiano. Magíster en comunicación y desarrollo, magíster en educación y cibercultura, doctor en bioética. Profesor e investigador de la Universidad de la Costa. Director del grupo de investigación Community.

Los textos que aquí se publican son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no expresan necesariamente el pensamiento ni la posición de la Linterna Verde.


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