La “acción de tutela artística” de Beatriz González: contra la momificación de Auras anónimas
«El espectador bogotano es muy ignorante, no quiere aparecer como de mal gusto, anda buscando un status dentro del buen gusto, pero no en el sentido de vivir bien, sino que asume una posición que lo coloque como gente de buen gusto. Esa actitud de rechazo al mal gusto, esa elegancia fingida del bogotano le impide el acceso a muchas vías del arte, inclusive, a vías tan claras y tan nítidas como Picasso. Uno encuentra cantidad de bogotanos ‘cultos’ que dicen: ‘yo a Picasso no lo he podido aceptar’, y si uno piensa que esa gente todavía no ha logrado entender una estética tan clara y extraordinaria como la de Picasso, menos va a lograr entender y aceptar una obra como la mía».
—Entrevista a Beatriz González, Magazín Dominical, Periódico El Espectador
La vida social del arte tiene una narración canónica: un relato de artistas con almas inspiradas y un público que goza de esa inspiración.
Para entender el error histórico que la administración de Carlos Fernando Galán está a punto de cometer con la “restauración” de Auras Anónimas, la obra de Beatriz González en los columbarios del Cementerio Central, hay que leer la pieza por fuera de la inercia del canon. Hay que mirar primero cómo el arte puede usar las salvaguardas jurídicas del derecho como trinchera de resistencia.
Ante la ley existe una dimensión operativa donde el arte usa la jurisprudencia como género: una pieza, además de su vida social, puede convertirse en herramienta legal con vida jurídica propia. Una obra de arte puede sembrarse como mina en un campo simbólico y ser capaz de detener las aplanadoras del “progreso” —ya sean las de una multinacional petrolera en Canadá o las ansias urbanizadoras de una alcaldía desmemoriada en Bogotá—.
En los bosques de Demmitt, Alberta (Canadá), el artista Peter von Tiesenhausen libró una batalla desigual contra el extractivismo. Su familia, alemanes del Báltico desplazados por la Segunda Guerra Mundial, le había enseñado que el arraigo es frágil. Quizás por eso, cuando en 1996 un negociador de la empresa Alliance Pipeline llegó a sus 800 acres de tierra para negociar el paso de un gasoducto, Tiesenhausen supo que no bastaba con decir “no”.
El artista había dejado de pintar paisajes para empezar a actuar directamente sobre ellos. En 1990, había clavado el primer poste de su obra central: Lifeline (Línea de vida). No es una escultura estática, sino una valla blanca que avanza dos metros cada año. Él mismo se impuso una regla monástica: “cada año que esté vivo, usaré los mismos materiales… cortes de madera de dos por cuatro… algo de pintura blanca”. Es una obra viva en la que, como él mismo describe, “la pintura se descascara, la madera se pudre y los árboles, los álamos, se abren paso”.
Cuando años después llegaron los ejecutivos de la petrolera ConocoPhillips, le recordaron a Tiesenhausen la brutal realidad de la ley canadiense: “el derecho de propiedad se limita a la superficie… la propiedad solo se extiende hasta 15 centímetros de profundidad”. El subsuelo pertenece al rey (al Estado) y a quien tenga la concesión. No importaba que fuera su tierra: el petróleo pasaría por debajo.
Acorralado, Tiesenhausen transformó su tierra en un lienzo jurídico. Argumentó que alterar el suelo no era simplemente dañar un cultivo (cuya indemnización era de apenas 200 dólares), sino violar los derechos morales de una obra de arte protegida por copyright. La cifra saltó de 200 a 600.000 dólares. El ejecutivo petrolero, vencido por el “lenguaje numérico” que creía dominar, confesó derrotado: “Ni siquiera me gusta su arte, pero tengo que comprar algo, porque nunca he visto nada como esto antes”.
El oleoducto se desvió. Tiesenhausen había patentado el paisaje. Pero —y esto es vital para nuestro debate en Bogotá— él tiene perfectamente claro el destino de su obra: “Esa valla no estará ahí dentro de cien años”. Lifeline es una línea que “no cierra nada: está abierta al vacío”. Su fuerza radica en marcar el tiempo, no en detenerlo. Es una obra efímera diseñada para cumplir una función y después desaparecer.
A miles de kilómetros al sur, el escenario no es un bosque virgen, sino lo que el escritor Antonio Caballero definió, con amargura lúcida, como “una ciudad sin memoria”. En Los Muros de la Patria, la columna de opinión que escribió sobre este litigio, Caballero recordaba a Alberto Lleras diciendo que en Bogotá “nada del pasado queda; ni una esquina, ni un río, ni siquiera el perfil de los cerros”.
Caballero fue implacable en su inventario de nuestra autodestrucción:
“Por aquí ha pasado la horda devastadora de los bárbaros. De todos los bárbaros. Los alcaldes urbanizadores, los ricos de engorde, los pobres de invasión, los incendiarios. De puro milagro subsisten un puñado de iglesias, porque Dios es más grande que los curas […]. Y subsiste........
