El sistema Jeffrey Epstein: diez variaciones sobre arte y fascismo / PARTE IV
La relación entre Jeffrey Epstein y el reconocido artista Andrés Serrano se extendió por más de 25 años. En 1995, Serrano descubrió dos esculturas del siglo XVI en una galería: una Virgen María y un San Juan. Cuando regresó al día siguiente, la Virgen María ya había sido vendida “a un coleccionista llamado Jeffrey Epstein”. Por más de dos décadas codició esa estatua.
En mayo de 2012, tras una anhelada visita a la mansión de Epstein, Serrano le escribe:
“Querido Jeffrey, ¡Gracias por un momento muy agradable y el tour por la casa! Estoy pensando en tu escalera monumental y algo mío que tendría sentido y se vería espectacular.”
Le ofrece seis “piezas de firma” —”‘clásicos’ de Serrano”— elaboradas con fluidos corporales: Bloodscape, Semen and Blood III, Blood and Semen V, Piss and Blood VIII, Milk Blood. “Todos fluidos corporales”, aclara. Algunas fueron usadas por Metallica como portadas de álbum. Serrano sugiere hacer “una instalación única en las tres paredes llenando cada pared completamente. No solo se verán increíbles, tendrás algo digno de un museo.”
“Estoy pensando que se debería hacer una pieza para el espacio, y no tratar de encajar algo”.
Esta correspondencia revela la mecánica completa de la obsequiosidad. Serrano, el artista transgresor cuyo Piss Christ (1987) había provocado escándalo nacional y debates mojigatos en el Congreso estadounidense sobre financiamiento público del arte en la era Reagan, se presenta ante Epstein no como provocador sino como vendedor cortés. Le agradece el “momento muy agradable”, elogia su casa, ofrece un catálogo detallado de obra disponible. El tono es el de cualquier comerciante cultivando a un cliente importante. No hay distancia irónica, no hay gesto crítico: solo la transacción desnuda.
Porque Epstein no coleccionaba arte contemporáneo de gran calado —apenas obras de baja estatura— pero sí sabía lo que era intermediar con arte y curarlo para construir y apalancar grandes fortunas. Serrano lo admite: “Jeffrey Epstein no coleccionaba arte, coleccionaba gente”. Coleccionaba poder, acceso, complicidad.
Para Serrano, Epstein representaba exactamente eso que el mundo del arte llama “oportunidad”: venta, instalación monumental, validación institucional a través del dinero y de servir a los poderosos. En el mundo del arte no hay descanso, no hay un afuera del mercado, no hay off the record: siempre se trabaja, siempre se cultivan las relaciones públicas, siempre se negocia, ser artista es un performance autopromocional continuo de sobrevivencia. La transgresión se vende como cualquier otro producto.
El 10 de octubre de 2016, apenas días después de que se filtrara el video de Donald Trump alardeando su infame “grab them by the pussy” (“agárralas por el coño”) —una confesión explícita de agresión sexual que debería haber significado el fin de su campaña presidencial—, Serrano le escribió a Epstein: “Estaba preparado para votar contra Trump por todas las razones correctas, pero estoy tan disgustado por la indignación sobre ‘grab them by the pussy’ que puede que le dé mi voto de simpatía”. Epstein mordió el anzuelo y respondió: “No hay buena opción”.
Lo que Serrano llama “indignación” era el rechazo masivo a un comentario que normalizaba la violencia sexual. Pero lejos de hundirlo, Trump convirtió esa misoginia explícita en combustible de campaña, inaugurando una era política donde la violencia sexual hacia las mujeres dejó de ser descalificante para convertirse en lema, en performance de masculinidad autoritaria, en promesa electoral.
Serrano, el artista transgresor, se molestaba no por el abuso confesado sino por quienes lo señalaban. Para él, como para Epstein, la indignación era el problema, no la violencia. El artista que había hecho carrera fotografiando fluidos corporales y cadáveres en la morgue se ofendía porque alguien se ofendiera. La transgresión tiene sus límites: no tocar al coleccionista, no cuestionar la estructura que sostiene el mercado, coleccionar gente.
En 2018, a Serrano se le apareció la virgen:
“Jeffrey me envía un correo. Dice: ‘Quiero mi retrato a cambio de la Madonna’. Eso es lo que decidió”.
La sesión fotográfica ocurrió en primavera de 2019, tres meses antes del arresto de Epstein. “El día que Jeffrey Epstein vino para su retrato, que fue cuatro meses antes de que muriera, me parecía un tipo que básicamente se la estaba pasando bien y no tenía una preocupación en el mundo”.
Cuando se reportó la muerte de Epstein en su celda, Serrano vio otra oportunidad:
“No había nadie más infame en ese momento que Jeffrey Epstein, así que lo puse en mi muestra en Europa de ese momento. Fue suerte”.
Suerte. La palabra exacta para describir cómo el mundo del arte metaboliza el horror: como capital simbólico, como valor de mercado, como golpe de fortuna.
“Es una linda foto de Jeffrey. Me hace pensar que tal vez había una parte de Jeffrey Epstein que era una buena persona […] No era un tipo interesante. Excepto por ser un pedófilo, no había nada en él que lo hiciera tan interesante”.
Serrano dice que no “juzga” a los sujetos de su fotografía, entre los que también se han incluido miembros del Ku Klux Klan, y que estaba “contento” con el resultado del retrato de Epstein.
“Pero, ¿qué piensa sobre cómo se sienten las víctimas de Epstein al ver la imagen?”, le preguntan.
“No veo qué tiene que ver una cosa con la otra”, responde el artista.
“¿Eso significa que las víctimas se sentirían mejor mirando el retrato de él en la foto policial, que es una imagen horrible?”, le contra preguntan.
“Su percepción de Jeffrey Epstein es muy diferente a la de todos los demás. Así que ven algo que nosotros ni siquiera podemos imaginar lo que ven”.
En su ensayo Jeffrey Epstein’s Naked Paintings, Tabitha Arnold documenta la otra cara de esta economía del mundo del arte, eso que, por nuestra habilidad discursiva y resignación empática, supuestamente, según un artista contemporáneo como Serrano, no podemos siquiera imaginar.
Mientras Serrano cultivaba a Epstein desde la posición protegida del artista consagrado, las estudiantes de arte que Epstein y sus aliados institucionales frecuentaban operaban en una realidad completamente distinta.
Maria Farmer, estudiante de pintura que conoció a Epstein al graduarse de la New York Academy of Art en 1995, vendía sus trabajos por unos pocos miles de dólares cifras. Pero Farmer señala que recibió presiones de la decana Eileen Guggenheim para venderle una pieza a Epstein a mitad de precio. Epstein y Ghislaine Maxwell eran visitantes regulares de los estudios y mecenas celebrados en esa institución educativa.
Farmer terminó trabajando como asesora personal de arte de Epstein. Le encargó a la estudiante Limor Gasko una pintura de una mujer duchándose vista desde atrás. Cuando la obra salió a subasta como “encargo de Jeffrey Epstein”, Gasko declaró: “Lo que realmente buscaba eran desnudos baratos”.
Las imágenes desclasificadas de las propiedades de Epstein muestran un patrón: mujeres vistas de espaldas, que nos dan la sensación de haber irrumpido como intrusos. En una pintura del estudio de Farmer, un hombre entra a una habitación donde una mujer yace en un sofá. Ella se encoge sobre sí misma, vulnerable. Él la observa, anónimo y amenazante. En otra, una mujer yace invertida entre escombros institucionales y materiales de arte, como si toda una institución se hubiera derrumbado sobre una estudiante en apuros.
Arnold estudió pintura figurativa en la Pennsylvania Academy of Fine Arts a mediados de los 2010 y la describe como una pequeña fábrica de arte produciendo “desnudos baratos”. Las estudiantes actuales no podían trabajar como modelos desnudas en PAFA, pero no había regla contra posar para profesores en sus estudios privados. Cuando los rostros y cuerpos de compañeras aparecían en las pinturas de sus instructores, había rumores de qué tan lejos llegaban las relaciones.
Arnold aclara que no se considera mejor por no haber posado: “Las artistas que lo hicieron eran estratégicamente conscientes de nuestra explotación colectiva como mujeres jóvenes, y apostaron a exponerse por algo de poder. Éramos peces en una piscina sobrepoblada, usando cada herramienta para asegurar un lugar en la economía de bellas artes en contracción, a menudo al capricho de alguna persona rica y poderosa”.
En la noche de vista previa de su exposición de graduación, los ricos mecenas llegaron a comprar antes que el público general: los desnudos, los desnudos, los desnudos. Nunca discutieron qué clase de persona quería comprar este trabajo y exhibirlo en su hogar. Mencionarlo sería señalar la desnudez del emperador.
Arnold salió ilesa porque sus mentores la trataron con respeto.........
