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El sistema Jeffrey Epstein: diez variaciones sobre arte y fascismo / PARTE III

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01.03.2026

El crítico Trevor Mukholi, en su ensayo El mundo del arte en los archivos Epstein, identifica el problema estructural con precisión: no se trata de que depredadores infiltren el sistema artístico, sino de que el sistema mismo es inherentemente hospitalario hacia ellos. Su lógica circular, su rechazo a criterios de validación externos, hacen del arte contemporáneo un vehículo perfecto para convertir la violencia en respetabilidad.

El escritor Anthony Haden-Guest, en su crónica sobre el mundo artístico de Jeffrey Epstein, ofrece el testimonio más cercano de esta operación. Su fuente principal es Stuart Pivar, coleccionista y amigo de Andy Warhol, quien conoció a Epstein a principios de los años setenta. La primera impresión fue memorable: “Caminamos hacia adentro y allí, en un pasillo, había un piano inmenso. Y había un tipo tocando la Sonata Waldstein de Beethoven. Quedé hipnotizado. Ese era Jeffrey Epstein”.

Pivar fue reclutado para amueblar las casas de Epstein con pinturas. “Cada vez que Jeffrey compraba una casa, era mi trabajo amoblarla con pinturas… Llegaba con una camioneta, con docenas y docenas de pinturas de mi propio inventario y las colgaba por toda la casa”. Sin embargo, Pivar es categórico: para Epstein eran decorado, no arte. “Jeffrey no tenía ojo para las pinturas. Y no creía que las pinturas pudieran encarnar ningún valor cuando se podía hacer una copia exacta de ellas por nada”.

Esta indiferencia estética era una posición activa. La anécdota de la falsa pintura abstracta del reconocido pintor modernista Franz Kline condensa el mecanismo. Cuando Pivar lo elogió creyéndolo auténtico, Epstein reveló que era una falsificación. “Me gusta cuando vienen los expertos de arte y dicen: ¡qué gran pintura! Y yo les digo que es una falsificación. Se avergüenzan”. Epstein humillaba a la gente que creía tener una sabiduría superior. No sabía absolutamente nada sobre arte.

Epstein no tenía ojo para el arte, pero sí tenía un ojo agudísimo para los sistemas de legitimidad. Del mismo modo en que, según Pivar, “cuando dejó Bear Stearns fue directamente al Departamento del Tesoro y delató a todos los que conocía”. Epstein se movía como todo un artista aspiracional capaz de identificar las palancas que movían el reconocimiento institucional.

Este episodio coincide con la interpretación que hace Mukholi de cómo el caso Epstein expone la vacuidad del sistema de validación artística. Si los expertos no pueden distinguir el original del simulacro, ¿en qué reposa su autoridad? En el propio acto de declaración: esto es arte.

Existe un momento irónico expuesto en la crónica de Haden-Guest: el rechazo de Andy Warhol a pintar el retrato de Epstein. Pivar llevó a Epstein al taller del artista en la Factory. Warhol, ansioso por encargos, rechazó a Jeffrey. “Es un poseur. Simplemente no me gusta”. 

Warhol entendía a la gente. El sistema del arte, en ese caso, funcionó. Un artista de élite, experto en imágenes, ejerció un juicio. Pero la excepción confirma la regla: el sistema no lo detectó; un individuo sí lo percibió.

Los sistemas de validación artística no tienen circuitos de exclusión ética. Tienen circuitos de inclusión basados en capital económico y social, pero carecen de anticuerpos para detectar la impostura y la violencia. Epstein había entendido que el arte contemporáneo no designa un período histórico, sino un modo de reconocimiento institucional. Lo “contemporáneo” es aquello que el sistema reconoce como tal. La categoría carece de referente externo verificable, es endogámica.

Mukholi documenta cómo entre los archivos revelados hay uno de 2017 en que Epstein describió en un mensaje a un personaje sin identificar por qué el mundo del arte era central para sus operaciones. 

En ese diálogo Epstein vuelve a su rol de profesor de colegio y señala que el mundo del arte “impulsa pensamiento ortogonal” y opera “adelante de la ciencia”. Pero la clave estaba en otra observación de índole vanguardista: Epstein es enfático cuando señala que el mundo del arte requiere únicamente “intención”, y afirma que eso de la “intención” es lo que “aún no se entiende en absoluto”.

Stuart Pivar reconoce esta dimensión a medias: “Aunque básicamente Jeffrey era una persona malvada…, sabía reunir a científicos que se encontraban entre sí… No conocía la vergüenza”. La ausencia de vergüenza es la condición de posibilidad del depredador sistémico. 

El documento más incómodo que Haden-Guest rescata es el limerick que Pivar escribió para el libro que Ghislaine Maxwell compiló para celebrar el cumpleaños número cincuenta de Epstein:

Jeffrey Epstein at half a century / With credentials plenipotentiary / Though up to no good / Whenever he could / Has avoided the penitentiary.

(Jeffrey Epstein, a medio siglo de edad / Con credenciales plenipotenciarias / Aunque no tramaba nada bueno / Siempre que podía / Ha evitado la penitenciaría).

La forma neutraliza el contenido. “Aunque no tramaba nada bueno” (“Though up to no good whenever he could”) es una admisión explícita de criminalidad, presentada con la liviandad de una broma de salón. El mundo del arte, con su ironía como divisa, no tiene anticuerpos contra la complicidad. La tiene disfrazada de ingenio. “El cinismo bien informado no es más que otro modo de conformismo”, dijo Max Horkheimer.

El 22 de julio de 2009, el día que Jeffrey Epstein fue liberado de prisión, David A. Ross —ex director del Whitney Museum y entonces futuro presidente del programa Master of Fine Arts de la School of Visual Arts en Nueva York— le escribió: “Me alegra que la pesadilla haya terminado, Jeffrey… Fue un castigo inmerecido impuesto por envidiosos. ¡Ahora descansa!”.

Ross no era un personaje menor. Había dirigido el Whitney Museum entre 1991 y 1998. Durante décadas ocupó posiciones desde las cuales se definían carreras. Una carta de recomendación suya equivalía a una sólida validación institucional. En octubre de 2009, Epstein propone convertirse en curador. Le escribe a Ross: “Podría querer financiar una exposición titulada ‘statutory’… Chicas y chicos de 14 a 25 años… donde no se parecen en nada a su edad real. Fotos policiales juveniles, photoshop, maquillaje. Controversial. Divertido”.

La respuesta de Ross: “Eres increíble. Este sería un libro muy poderoso y extraño”. Epstein, tras cumplir una condena mínima, propone literalmente una exposición que tematiza su crimen, y Ross, desde su posición de guardián institucional, lo celebra. Aquí convergen varias líneas del mundo del arte contemporáneo: el coleccionista que se convierte en curador, el museo que valida, la apropiación artística como coartada.

Pero esta maquinaria de validación no operaba únicamente en los museos y galerías de Nueva York, ni empezaba con Epstein. El sistema que los archivos filtrados en febrero de 2026 permiten rastrear tiene una historia que antecede en décadas a cualquiera de sus protagonistas. 

Desde al menos la primera mitad de los años noventa —cuando Epstein ya gestionaba fortunas para clientes ultrarricos y cultivaba relaciones con figuras del poder financiero, político y académico en Estados Unidos y Europa— el andamiaje estaba en construcción. Las donaciones a Harvard se acumularon a lo largo de esa década. Las relaciones con científicos, directores de museos y funcionarios de gobierno se tejieron pacientemente, cena a cena, vuelo a vuelo, cheque a cheque. 

Lo que los archivos ofrecen no es la revelación de algo nuevo sino la evidencia, por fin documentada, de algo que operaba a plena luz desde hacía más de treinta años, protegido precisamente por su visibilidad: nadie cuestiona lo que todos pueden ver, y nadie señala lo que a todos conviene ignorar.

Mientras el mundo del arte neoyorquino le ofrecía cobertura estética, las universidades de élite estadounidenses le abrían las puertas de sus santuarios académicos. En lo académico, como documenta el escritor y crítico Ted Gioia en su análisis sobre la construcción del “intelectual público”, el mecanismo era idéntico: el dinero compra legitimidad donde no hay mérito. 

Gioia señala que Epstein abandonó la New York University sin obtener un título y fue despedido de su trabajo docente en la escuela preparatoria Dalton, a mediados de los años 70, por bajo rendimiento. Esos antecedentes no le impidieron conseguir su propia oficina en Harvard décadas después. La universidad no solo le abrió las puertas: lo nombró Visiting Fellow, aunque admite hoy que Epstein carecía de las calificaciones que ese título típicamente requiere y que su aplicación proponía un curso de estudio para el que no estaba calificado.

Al igual que Ross celebraba la propuesta curatorial de Epstein sin cuestionar su moralidad, Harvard mantuvo su vinculación incluso cuando la justicia ya había hablado. En 2008, Epstein fue procesado y condenado por prostitución de menores, obligándosele a registrarse como delincuente sexual. Aun así, la universidad le conservó una tarjeta de acceso y un código de entrada a las instalaciones del Programa de Dinámica Evolutiva, dirigido por el matemático Martin Nowak. 

El depredador era bienvenido mientras el dinero fluyera: nueve millones de dólares donados directamente a Harvard, otros diez millones canalizados a través de terceros contactos suyos, 200.000 dólares adicionales al Departamento de Psicología.

El engranaje de esta complicidad no era accidental, sino gestionado profesionalmente. Gioia detalla cómo Epstein solicitó a los programas académicos que publicaran en el portal institucional de Harvard enlaces a las fundaciones de Epstein, que incluían descripciones halagadoras de él como filántropo de la ciencia y afirmaciones falsas sobre el nivel de apoyo que había proporcionado a la universidad. En 2014 —seis años después de la condena— Epstein pidió al profesor Nowak que lo destacara con una página completa en el sitio de Harvard. Nowak aprobó cada una de esas solicitudes. La mecánica era perfectamente circular: el dinero compraba acceso, el acceso generaba fotos y menciones, las fotos y menciones producían legitimidad, y la legitimidad atraía más acceso.

Epstein actuaba el papel con la convicción suficiente para que el sistema académico lo procesara sin resistencia. Daba recomendaciones de libros y comentaba autores, pero lo hacía con una torpeza que los archivos han vuelto visible: en un correo cita a Simone de Beauvoir como “simone de bauvoi”; en otro, como “simone de beauoirs”. Hay evidencia de que su interés declarado en el Ulises de James Joyce se limitó a pedir un DVD con ese título. 

La fachada no necesitaba ser convincente. Necesitaba ser suficientemente costosa. Y debía resultar, incluso, un placer para Epstein: el mismo mundo académico que lo había expulsado como estudiante y despedido como profesor tuvo que tragarse, décadas después, su mala redacción y su ortografía deficiente, sus disquisiciones cientificistas, su impostado entusiasmo intelectual —y, sin pestañear, sus alusiones a fundar un “rancho de niños” criados por mujeres inseminadas por él mismo. El dinero no compró tolerancia. Compró silencio con sonrisa.

Entre los nombres que aparecen vinculados a Epstein en el entorno de Harvard, el del psicólogo Steven Pinker resulta particularmente ilustrativo de cómo funciona ese costo. Pinker —referente del llamado optimismo ilustrado— figuraba en los registros de vuelo del avión privado de Epstein ya en 2002, fue fotografiado con él en 2014 y compartió públicamente en Twitter, en 2015, una declaración jurada del caso.

Lo que generó mayor controversia fue su participación en la defensa legal de Epstein en 2007: los abogados de Epstein, entre ellos Alan Dershowitz —profesor de derecho en Harvard, amigo de Pinker, y figura que los archivos identifican como usuario habitual de las menores que Epstein proveía—, presentaron ante los fiscales federales una carta solicitando que Pinker, como reconocido lingüista, analizara la redacción de una ley sobre uso de Internet para atraer a menores. La carta citaba sus conclusiones de manera taxativa: “Según el Dr. Pinker, esa es la única interpretación racional”. El análisis fue incorporado al expediente que condujo a la negociación de un acuerdo de culpabilidad notoriamente favorable para Epstein. Dershowitz negoció ese acuerdo. Dershowitz era, simultáneamente, uno de sus beneficiarios.

Pinker afirmó más tarde que lo había hecho como un favor a un colega, sin pago, y que se arrepentía. Su caso no es el de un cómplice activo sino el de alguien que prestó su nombre y su autoridad en un momento en que esa autoridad tuvo consecuencias legales concretas: la versión más transparente y cotidiana de cómo opera la red. Hoy, Pinker y Dershowitz conservan sus cargos en Harvard.

Y en París, Jack Lang —exministro de Cultura de Francia, arquitecto de la modernización del Louvre, impulsor del Musée d’Orsay y presidente del Instituto del Mundo Árabe desde 2013— operaba como el eslabón europeo de esta misma red. Su nombre aparece en 637 ocasiones en los archivos filtrados. Lang, al parecer, conoció a Epstein alrededor de 2010 a través del cineasta Woody Allen y mantuvo con él intercambios regulares entre 2012 y 2019, viajando en su jet y su automóvil y solicitando patrocinios para proyectos, incluida una película documental sobre su propia vida para la que Epstein aportó cerca de 58.000 dólares. Según investigaciones de Mediapart, Lang y su hija Caroline cofundaron con Epstein una sociedad en las Islas Vírgenes Británicas en 2016, y Caroline figura en un testamento financiero redactado por Epstein dos días antes de su muerte en prisión, en agosto de 2019, con una asignación de cinco millones de dólares.

El verdadero escándalo no es que los Lang, figuras de la élite cultural parisina, hayan abrazado a un depredador. Es que lo hicieron durante años, a través de continentes, de fideicomisos, de sociedades pantalla y paraísos fiscales, mientras seguían presentándose ante el mundo como guardianes de la cultura, defensores de los derechos humanos y protectores de la juventud vulnerable. 

El Instituto del Mundo Árabe —cuya razón de ser es precisamente el diálogo, la apertura, la dignidad— tenía como presidente a un hombre que firmaba sociedades tributarias secretas con Jeffrey Epstein. Esa distancia entre el discurso y la conducta no es hipocresía accidental: es la condición de posibilidad de toda la red. La fachada cultural no fue el premio al final del camino. El arte y la cultura fueron el instrumento desde el principio.

Cuando estalló el escándalo en febrero de 2026, Lang se negó inicialmente a dimitir, argumentando que “no estaba acostumbrado a pedir antecedentes penales a mis amigos” y describiendo a Epstein como un “mecenas generoso” y “un hombre muy simpático”. Solo tras ser convocado por el Ministerio de Asuntos Exteriores francés a petición del presidente Macron, y ante la apertura de una investigación preliminar por “blanqueo de capitales y fraude fiscal agravado”, Lang presentó su renuncia al Instituto del Mundo Árabe. La reacción de Lang no era cinismo descarnado: era convicción genuina. Dentro de la red, las relaciones con Epstein eran relaciones normales. El escándalo, desde adentro, se percibía como injusticia. Eso es lo que treinta años de construcción producen: un mundo donde sus propias reglas parecen las únicas reglas posibles.

Aquí se revela la lógica que une al Whitney Museum, a la School of Visual Arts de Nueva York, a Harvard y al aparato museal francés: la legitimidad es una mercancía, pero su precio de lista no es arbitrario. Todas estas instituciones deben su prestigio a ser excluyentes. La exclusión no es un defecto del sistema: es su principio organizador. Lo que no todos pueden ver, comprar, entender o frecuentar vale más precisamente porque no todos pueden acceder. Esa lógica, que se presenta como criterio —estético, intelectual, político—, es antes que nada un mecanismo de producción de valor social y económico. El modus operandi de pagar para jugar, pay-to-play como lo describe Gioia, no distorsiona esa lógica: la traduce a términos monetarios. Y al hacerlo, la hace visible de una manera que el sistema preferiría mantener opaca.

Gioia lo resume con brutal claridad: «Y así es, amigos míos, como la gente rica puede convertirse en intelectuales públicos. Lo pagan, y el dinero habla”. No importaba que el intelecto fuera una fachada. No importaba que la cultura fuera de vitrina. Gioia apunta que “casi todos en la junta de Scientific American eran amigos del Sr. E”: la red de complicidad abarcaba desde las bellas artes hasta la divulgación científica, desde Nueva York hasta París, y se consolidó durante décadas sin que nadie dentro de ella tuviera incentivos reales para cuestionarla.

El eje mundo del arte–universidades–instituciones culturales funciona como una tríada de validación mutua: el museo otorga prestigio estético, la universidad otorga prestigio intelectual, el ministerio otorga prestigio político. Cuando las tres instituciones convergen en la misma figura, el blanqueo de reputación opera casi sin fisuras. Epstein no necesitaba ser un pensador brillante ni un curador o intelectual riguroso: necesitaba que personas como Ross, Nowak y Lang le tendieran la mano. Y ellos lo hicieron, porque el sistema institucional que habitaban estaba diseñado exactamente para eso.

Los archivos de 2026 permiten ver los rastros de ese proceso con una claridad que no había sido posible antes. Lo que ya está ocurriendo, y seguirá ocurriendo, son renuncias: figuras que caen, cargos que se vacían, comunicados institucionales de distancia y arrepentimiento. Algunas serán forzadas, como la de Lang. Otras serán preventivas. Pero Pinker continúa en Harvard. Dershowitz continúa en Harvard. Y las instituciones que los albergan —el museo, la universidad, el ministerio, la fundación científica— continúan operando bajo exactamente la misma lógica que hizo posible todo lo demás. Las renuncias individuales son la manera en que el sistema se purga sin transformarse: el sacrificio del usuario como garantía de continuidad de la estructura.

Porque el fondo no es Epstein. Epstein fue un usuario particularmente hábil y particularmente brutal de un sistema que lleva décadas en pie. Pero conviene distinguir: con los políticos y los millonarios, la narrativa ha tendido a invocar el chantaje, la evidencia sexual, la cámara oculta en la isla. Con los intelectuales, no hizo falta nada de eso. Bastó el dinero. Bastó la promesa de más peso dentro del sistema académico y cultural, una oficina con el nombre de Harvard en el membrete, una foto en la cena correcta, un cheque al departamento adecuado. Ross, Nowak, Pinker, Lang: ninguno fue coaccionado. Todos abrieron las puertas por voluntad propia, porque el sistema en el que habían construido sus carreras recompensa exactamente ese gesto.

La excepción confirma la regla. Larry Summers, exrector de Harvard, figura entre los pocos nombres del mundo académico que los archivos de 2026 han empujado hacia la salida —y lo ha hecho no por haber participado en lo que el sistema universitario parece haber practicado durante décadas: vender su sello de aprobación al mejor postor a cambio de donaciones que convertían el dinero sucio en prestigio institucional. Lo que forzó su renuncia fueron los correos: los intercambios directos con Epstein, los cruces de agenda, la cercanía documentada con quien ejercía también de proxeneta.

El caso de Martin Nowak ilustra con mayor precisión cómo opera la institución cuando se ve obligada a actuar. Sancionado por primera vez en 2021, Harvard le levantó todas las sanciones en 2023, restaurando sus privilegios de asesoría e investigación. Cuando los nuevos archivos del Departamento de Justicia revelaron, entre otras cosas, un intercambio de 2014 en el que Nowak le escribió a Epstein “nuestra espía fue capturada después de completar su misión” y Epstein respondió “¿la torturaste?”, Harvard lo colocó nuevamente en licencia administrativa pagada y abrió una investigación formal. El tono es el de una broma entre cómplices. El contexto es el de un hombre condenado por prostitución de menores. La respuesta institucional, entretanto, es la de siempre: una licencia con goce de sueldo, una investigación de procedimiento, un comunicado de la decana. No una ruptura. Una pausa.

El escándalo, una vez más, se ancla en el sexo y no en la corrupción. En la transacción obscena y no en la transacción estructural. Como si lo verdaderamente intolerable no fuera que Harvard se vendiera, sino que alguien hubiera quedado demasiado cerca de la cámara de torturas.

El escritor y activista Upton Sinclair observó que es difícil conseguir que una persona entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda. Pero la frase se queda corta. No era solo el salario lo que dependía de no entender. Era el cargo, el título, la invitación a la cena correcta, la foto en el simposio, la carta de recomendación, el acceso al consejo de administración, la columna en la revista adecuada. Era, en una palabra, la posición —ese conjunto de privilegios que no se heredan ni se compran del todo, sino que se construyen despacio, se ratifican mutuamente y se defienden con el mismo instinto, y la misma violencia institucional, con que se defiende cualquier bien escaso.

Un sistema al que una larga serie de personas ilustradas —con títulos, con cargos, con reputaciones cultivadas durante décadas— eligió no ver, no nombrar, no cuestionar. No por ignorancia. La ignorancia habría sido, al menos, una explicación. Lo que los archivos documentan es algo más incómodo: el silencio deliberado en lo público y la locuacidad cómplice en lo privado de quienes tenían todo para entender y eligieron, con precisión quirúrgica, no entender exactamente aquello que les habría costado su posición, su privilegio, su lugar en el sistema intelectual, cultural y artístico que Epstein no corrompió desde afuera, sino que encontró, desde adentro, perfectamente dispuesto a ser usado.

El sistema de Jeffrey Epstein se cierra con su muerte. La estructura institucional, cultural y artística que lo hizo posible —con sus variaciones de escala, de idioma y de geografía— no muere con él. Sigue abierta. Sigue siendo, intacta, la misma.


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