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Cartas a Abelardo desde la otra Colombia

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Hace unas semanas se celebró en San José del Guaviare la Feria del Libro. La hacen desde hace unos cinco años, y es la demostración más contundente de que pese a los inmensos escollos que ha enfrentado el acuerdo de Paz con las Farc la vida de millones de colombianos sí cambió para bien desde entonces.

Con ocasión de este evento, la fundación Acordamos, creada por el excomisionado de Paz Sergio Jaramillo, invitó a líderes campesinos que conforman la Confluencia por la Paz a encontrarse y dialogar sobre el país que viene con Abelardo de la Espriella. Fue una conversación de dos días, planteada no desde la ideología o la militancia partidista, sino desde la experiencia cotidiana de la Colombia donde seguramente llegarán pronto las fumigaciones y los bombardeos. La Silla Vacía estuvo allí los dos días y entrevistó a algunos de estos líderes comunitarios. Como un mensaje reiterado de este encuentro era el deseo de que el presidente los escuchara, arrancamos esta serie “Cartas para Abelardo desde la otra Colombia”. Estos son sus testimonios editados para mayor claridad.

Líder de San José del Guaviare

“Ojalá el gobierno tenga la oportunidad de hablar directamente con los líderes y los campesinos, sin tenerles miedo”

A veces, en el interior del país, la gente piensa que aquí vivimos libremente y que no pasa nada. Sí hay temor, pero se aprende a convivir con él, tal como la esposa maltratada que aparenta ser feliz en su casa pero solo ella sabe lo que vive por dentro. Incluso se llega a usar el término de que los grupos armados son “un mal necesario” en el territorio.

Algo así nos ha ocurrido a muchos campesinos en estos territorios. Nos hemos acostumbrado a convivir con los grupos armados. No porque queramos que estén. Sino porque, después de tantos años, uno aprende cómo comportarse para poder vivir.

Desde el interior del país muchas personas pueden pensar que aquí vivimos normalmente, que salimos, trabajamos y volvemos a la casa como cualquiera.

Y sí. Hacemos todo eso.

Pero hay cosas que ya hemos normalizado. No salir después de las seis de la tarde. No ponerse un casco en determinadas zonas. No pasar por ciertos caminos veredales. No decir en voz alta todo lo que uno piensa.  Aceptar que hay lugares a los que uno no puede ir y horarios que alguien más decidió por uno. 

Yo tengo 37 años. Nunca le he pagado una vacuna a la guerrilla. Nunca me han matado un familiar. Y aun así me considero víctima del conflicto.

Porque para ser víctima no tienen que matarte a un hijo. También es violencia no poder moverte libremente por tu territorio.  Es violencia no poder ejercer con tranquilidad tu liderazgo. Es violencia tener que ir a buscar a un grupo armado, en contra de tu voluntad, para preguntar por alguien o abogar por una persona.

A mí, como lideresa, me ha tocado recoger personas asesinadas. Esos muertos se quedan con uno.

Tal vez mi nombre no aparezca por eso en un registro oficial de víctimas, pero vivir estas cosas también afectan la cabeza, la tranquilidad y la forma de relacionarse con el mundo.

Por eso, cuando escucho hablar de hacer la paz por la fuerza, yo no siento necesariamente más seguridad.

He dicho en escenarios muy cerrados que la seguridad la da uno mismo, porque a veces le sentimos más miedo al militar o al policía que al guerrillero, debido al pánico y terror que hemos vivido en el territorio.

Si el gobierno de Abelardo propone hacer la paz por la fuerza, imagínate despertar un sábado con una bomba que sonó a 40 o 50 kilómetros de tu casa. Eso genera pánico inmediato y te hace sentir en guerra, aun siendo un civil que protege la vida.

Estoy convencida de que la paz se construye desde los territorios. Si las comunidades tuvieran gobernanza, confianza y el apoyo de un gobierno institucional, ellas mismas se encargarían de que los grupos armados no llegaran. 

Quienes ingresan a las filas de los grupos armados y del ejército son los hijos de los campesinos que buscan un sustento. Si fortalecemos social y económicamente a las familias campesinas, los grupos serán derrotados.

Cuando fui presidenta de la Asociación me tocó ir sin armas y con apenas quinto de primaria a exigirle explicaciones a un miembro de la guerrilla. Los grupos armados también le temen a la comunidad organizada, porque saben que si la sociedad les coge fastidio, los saca del territorio.

El problema no es sencillo. Durante los últimos años se fortalecieron las comunidades, pero también se fortalecieron algunos grupos armados. Creo que el gobierno anterior cometió un error muy grande al confiar en actores que realmente no tenían voluntad de paz y que aprovecharon ese tiempo para fortalecerse. Antes, las guerrillas decían luchar por la liberación del pueblo; hoy en día solo exigen vacunas y dinero a los comerciantes

Y también hemos visto crecer las filas con personas que vienen de otros lugares,........

© La Silla Vacía