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Abelardo de la Espriella, una marca importada para la época

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29.05.2026

Destellos de luces amarillas, azules y rojas. Videos de tigres. Muchos tigres. En las pantallas, el candidato interpreta el himno nacional. Se activan las cortinas de humo. Entonces aparece Abelardo de la Espriella, rodeado de seis escoltas, con chaleco antibalas sobre la ropa. Comienza el show.

“Gracias, [lugar donde está]. Acá está tu tigre, que ruge y muerde”, dice. Después arranca una secuencia de saludos militares al grito de “¡Firme por la patria!”. Sus discursos duran menos de 40 minutos y funcionan como una liturgia interactiva con sus seguidores.

¿Quieren que se bajen los impuestos? ¿Que la familia vuelva a ser el núcleo de la sociedad? ¿Reducir el Estado? ¿Defender a Dios? ¿Que los bancos presten plata al 2 por ciento o, si no, cerrarlos?

Las respuestas son obvias. Para los exmilitares, reservistas, empresarios, adultos mayores, cristianos, marianos, uribistas, antipetristas y exrodolfistas furibundos que lo escuchan, el sí es rotundo. Entonces De la Espriella pasa al llamado a la acción: si quieren que todo eso se vuelva realidad, les dice, deben marcarle “la raya al tigre”.

La frase activa un video de tigres bailando al ritmo de un jingle pegajoso: “Póngale la raya al tigre, póngale la raya al tigre, la raya al tigre, la raya al tigre”.

Los actos de campaña de De la Espriella tienen siempre el mismo guión. Y él tiene la disciplina para repetirlo paso a paso. Sabe que su candidatura es un producto, como su ron, su ropa, sus libros y su música. Y sabe también que lo más importante de una marca no es su autenticidad, ni siquiera su contenido, sino la emoción que produce.

Abelardo de la Espriella es un abogado que convirtió la defensa judicial y mediática de personajes cuestionados, la estética del lujo, la intimidación pública y la cercanía con poderes incómodos en una marca personal. Ahora llevó esa marca a la política.

Su candidatura no salió de la nada. Es la consecuencia de una vida construida alrededor de su propio personaje: una vida al filo de la navaja, desafiante frente a las reglas convencionales, rodeada de inmunidad, espectáculo y poder. La pregunta de 2026 es si una parte suficiente del país quiere convertir esa marca en gobierno. Y qué significaría para Colombia que eso ocurra.

El niño que quería ser visto

Cuando era niño, Abelardo de la Espriella le dijo a su abuela que algún día tendría un avión, la llevaría a Miami y la esperaría en el aeropuerto en una limusina. Su padre, Abelardo de la Espriella Juris, le dijo a La Silla que esa escena lo enorgullecía más que el éxito de su hijo en esta campaña presidencial. Para él no era una fantasía infantil sino una profecía cumplida: el niño que prometió grandeza se dedicó desde entonces a fabricarse una vida a la altura de esa promesa.

Desde temprano, Abelardo no solo quería progresar, quería que su progreso se viera.

La familia De la Espriella Otero no era pobre. Tenía apellido, educación, contactos políticos y una posición cómoda en Córdoba. Pero tampoco pertenecía a la élite bogotana ni a las grandes fortunas nacionales. “Éramos riquitos de pueblo”, dice María Eugenia Otero, su mamá.

Ambos recibieron a La Silla en su apartamento en una de las zonas exclusivas de Montería, con un balcón lleno de flores frente al río Sinú y una vista panorámica de la ciudad. En la sala hay un piano, lámparas candelabro y una colección de botellas de licor, incluida la marca de su hijo, Ron Defensor.

Abelardo papá es un hombre jovial, de risa fácil y buena memoria. Cuenta historias con el desparpajo de los señores del Caribe: mezcla voces, precisa nombres, se ríe a carcajadas y narra la vida de su hijo con orgullo y pocas prevenciones.

Abelardo de la Espriella Juris y María Eugenia Otero se conocieron en Sahagún. Venían de familias ganaderas y comerciantes, y educaron a Abelardo con valores conservadores. Otero dice que ella es la más conservadora de la familia, que todavía es de pedirle permiso al esposo para ciertas gestiones y que solo empezó a vivir con Abelardo después de casarse. Abelardo papá es abogado, liberal de los que admiran a Alfonso López Pumarejo, pero se opone al aborto, al matrimonio gay, a la adopción de parejas del mismo sexo y al consumo de marihuana. “Eso destruye la familia”, dice.

Abelardo fue el primer hijo. Nació el 31 de julio de 1978 en Bogotá, pero desde que cumplió un año vivió en Montería. Allí se crió en una casa donde se respiraba política. Su padre fue diputado del Partido Liberal, aspiró sin éxito dos veces a la Gobernación de Córdoba y una vez al Senado. No era un cacique poderoso, sino una figura con trayectoria a la que los caciques impulsaban: había sido director de Exportación de Ganado y Carne en la presidencia de Julio César Turbay y magistrado del Tribunal Contencioso Administrativo de Córdoba.

En 2001, cuando Álvaro Uribe era precandidato presidencial y aún no despegaba en las encuestas, Abelardo papá fue uno de los primeros en promover su campaña en Córdoba. En esa contienda se quemó como candidato al Senado. Pero cuando Uribe llegó a la Casa de Nariño lo nombró notario en Cartagena y, tres años después, en Bogotá.  Desde esa época se fraguó una relación entre los De la Espriella y los Uribe. De hecho, Abelardo papá celebró su último cumpleaños con el expresidente Uribe y Lina Moreno, en una comida cuyo anfitrión fue Abelardo hijo. En un video de la celebración, el candidato dio las palabras de agradecimiento con una botella de vino en la mano: “Es un honor tenerlos aquí. Esto se llama cita con la historia”.

Antes de que esa historia lo alcanzara y mucho antes de que el mismo Uribe lo alentara a lanzarse a la presidencia y luego le negara su entrada al Centro Democrático porque pidió pista demasiado tarde, Abelardo estudiaba en el colegio La Salle de Montería.  Un colegio de hermanos católicos que empezó como exclusivo para las familias de élite de la ciudad, pero que ya para entonces mostraba mayor apertura social. Allí estudiaron el senador conservador Marcos Daniel Pineda, el magistrado de la Corte Constitucional Carlos Camargo y Salvatore Mancuso, quien más tarde se volvería a cruzar con Abelardo.

En La Salle, Abelardo no era solo el niño brillante ni solo el niño insoportable. Era ambas cosas. Desafiaba la autoridad, buscaba protagonismo y parecía incapaz de pasar inadvertido. Sus profesores lo recuerdan con cariño.

La profesora Loti Baquero, coordinadora de primaria de la época, recuerda que la conductora del bus escolar citaba versículos de la Biblia y Abelardo respondía siempre “aleluya, aleluya, aleluya”, en tono burlón. Eso le costó el puesto en la ruta. “De él no me sorprende nada”, dice Baquero. “Era un muchacho con mucha autoridad. Era un chico que no se dejaba, peleaba por la justicia. Un muchacho con criterios claros, así esté errado para otros”.

También mostraba habilidades de oratoria, interés artístico y hambre de atención. Baquero recuerda que, en una obra de teatro, Abelardo no se conformaba con su papel porque quería el protagónico. Se aprendía el guión de todos sus compañeros y terminaba convertido en una especie de director. Su padre recuerda que cantaba ópera en el baño. Una compañera dice que también lo hacía en el aula.

Abelardo tenía desde niño el impulso de pararse en el centro del escenario. Y su padre le consiguió el escenario. Según le contó en 2012 a Ángel Becassino, en la entrevista biográfica La Pasión del Defensor, desde los cuatro años lo subía a un taburete para que recitara fragmentos de discursos de Luis Carlos Galán delante de la familia. Más tarde, le consiguió un programa de radio en Las Voces de Montería y un miniperiódico llamado Inquietudes Juveniles.

Abelardo papá fungía como director. Armaba una agenda de noticias locales, comentarios de canciones de moda y reseñas de libros escolares. Abelardo hijo era el presentador.

En la entrevista con Becassino, De La Espriella dijo que con cuatro amigos ganaba 75 mil pesos mensuales en publicidad y que al poco tiempo fue contratado para algo similar en Telecaribe. “Éramos considerados unas estrellas, nos tenían carro y chofer, nos sacaban por todas partes, dábamos autógrafos y nos llamaban para ser jurado de todo tipo. Yo era jurado de los reinados, me conocía todo el mundo”, dijo.

Ya empezaba a construir una épica sobre sí mismo.

Pero en esa infancia que él suele narrar como una sucesión de precocidades también hay escenas menos heroicas. Una profesora contó a La Silla que fingía ataques de epilepsia para salirse de las clases aburridas. Otra anécdota la contó él mismo, sonriente, en el Suso’s Show: de niño se divertía amarrándoles voladores a gatos callejeros para verlos elevarse y morir destrozados.

Abelardo se graduó de La Salle en 1994, antes de cumplir los 16 años. El rector de la época, Germán Jaramillo, le decía a su papá que lo habían soportado porque tenía futuro e imaginación. Cuando fue a recibir el diploma, recuerda su padre, el rector le dijo: “Por fin salimos de él”.

El salto al escenario nacional

Abelardo tenía vocación musical e interés en el periodismo, pero su padre lo indujo a estudiar Derecho. Lo envió a la Universidad Sergio Arboleda.

“Usted no puede ser cantante de ópera. Eso no es una profesión, es un oficio. Usted tiene que ser abogado. Si no, no vas a tener cómo mantener a tu familia”, recuerda que le decía. Sobre el periodismo le decía algo parecido: que estudiara Derecho y después se volviera periodista, si quería.

La Sergio Arboleda no era una universidad de élite académica, pero sí ofrecía una formación política intensa. Fundada por Álvaro Gómez Hurtado y Rodrigo Noguera Laborde, ambos conservadores, con los años se convirtió en cantera de políticos de derecha. Abelardo no fue la excepción.

A su papá, que siempre lo motivó a estar muy bien presentado, lo sorprendió verlo en Bogotá con traje elegante y corbata, algo poco usual entre jóvenes de su edad. “Soy el asistente del doctor Noguera Laborde”, le dijo su hijo. “Yo lo acompaño todas las mañanas a revisar los salones y a ver qué profesores llegaron y cuáles no”.

Abelardo repartía su tiempo entre trabajar como asistente del vicerrector y vender whisky con unos amigos de La Guajira, perfumes y ropa que traía de Panamá. También viajaba a Nueva York o Miami a vender esmeraldas que un amigo de la universidad le entregaba en consignación. “En cada viajecito me quedaban dos o tres mil dólares, luego de pagar los gastos al más alto nivel”, cuenta De la Espriella a Becassino en su libro. “Tenía 19 años y en Nueva York me quedaba en el Waldorf Astoria tomando champaña y comiendo ensalada de langosta, la misma que pedía Liz Taylor cuando se hospedaba allí”.

Además de la plata, desde entonces le interesaba la política. Siendo estudiante se lanzó a edil de Chapinero en 1997 con Salvación Nacional, el partido creado por Álvaro Gómez Hurtado. Se quemó y se retiró de la política electoral durante casi 30 años. Volvió ahora, coavalado por un movimiento de firmas y por el mismo Salvación Nacional.

Nunca abandonó del todo el periodismo. A los 23 años entró como panelista a la mesa de RCN con opiniones fuertes sobre todo. “Era un muchacho precoz, indudablemente inteligente”, dice José Obdulio Gaviria, exasesor de Uribe. “Era importante su presencia allí, con unas ideas en contra de la corriente general, muy cercanas a los puntos de vista del gobierno”.

Ralito: la zona gris que lo hizo famoso

Hoy De La Espriella puntea en las encuestas con la promesa de “combatir con mano de hierro” a los criminales, construir megacárceles como las de Bukele y acabar la JEP. Pero cuando arrancó su carrera pública como abogado promovió un discurso muy distinto: acompañó foros sobre la participación política de excomandantes paramilitares, defendió la idea de que fueran juzgados por delitos políticos y promovió un referendo contra la extradición de paramilitares y guerrilleros.

No lo hizo como penalista, sino como líder de una ONG llamada Fundación Iniciativas por la Paz, Fipaz, que creó durante los diálogos entre el gobierno de Álvaro Uribe y los paramilitares en Santa Fe de Ralito.

De La Espriella —con apenas 26 años— organizó foros universitarios en los que, con la participación activa de alias Ernesto Báez, exjefe del Bloque Central Bolívar recién desmovilizado,  invitaba a los jóvenes a sumarse........

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