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La democracia pierde en casa

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22.03.2026

Por María Alejandra Victorino Jiménez, columnista invitada

La democracia global volvió al nivel de 1978 para la persona promedio del mundo. La democracia va perdiendo, al cierre de 2025 hay 92 autocracias y 87 democracias; 74 por ciento de la población mundial vive bajo autocracias y apenas 7 por ciento en democracias liberales. Uno imaginaría que la muerte de la democracia llega con tanques, golpes de Estado y congresos clausurados. Pero el siglo XXI ha venido perfeccionando una versión menos cinematográfica y quizá más eficaz, países donde se sigue votando, pero se habla menos libremente, se controla menos al poder y se acepta con más facilidad que las reglas se doblen si alguien promete orden. Eso es, justamente, lo que hoy está en juego.

La cifras que presenta el más reciente  informe de V-Dem son  demoledoras, pero más importante aún es entender qué se está perdiendo. El deterioro democrático contemporáneo no empieza por cancelar elecciones, empieza por vaciarlas. V-Dem muestra que la libertad de expresión es hoy el aspecto más golpeado de la democracia, 44 países empeoran en este derecho. También retroceden la libertad de asociación, la confiabilidad electoral y la deliberación pública. En otras palabras, la democracia de nuestro tiempo no siempre muere en la urna; a veces empieza a morir mucho antes, cuando el poder se vuelve menos discutible y la ciudadanía menos libre para contradecirlo.

Ese deterioro ya no puede leerse como un problema lejano, el informe advierte que el “centro de gravedad” de la experiencia humana y del orden global se ha desplazado hacia el autoritarismo. No porque todas las sociedades hayan dejado de votar, sino porque muchas están aceptando cada vez menos libertad, menos contrapesos y más concentración de poder. Estados Unidos, uno de los referentes históricos de la democracia liberal, perdió ese estatus por primera vez en más de medio siglo. El retroceso democrático ya no viene solo desde la periferia, viene desde el corazón del sistema.

América Latina no está por fuera de esa historia. La región conserva más urnas que liberalismo robusto. Apenas 5% de la población latinoamericana vive en democracias liberales, mientras 64% lo hace en democracias electorales. El 29% restante ya vive en zonas grises o autocracias abiertas. Es una región que todavía vota, sí, pero cada vez más en sistemas donde el voto convive con instituciones frágiles, controles debilitados y libertades bajo presión. Nuestra anomalía no es estar blindados frente al deterioro global, sino vivirlo de forma híbrida: con elecciones, pero con menos densidad democrática.

Colombia dialoga demasiado bien con ese clima. Una reciente encuesta de AtlasIntel sobre la Democracia en Colombia encuentra que 49,9% de los encuestados cree que para que el país funcione mejor se necesita más orden, autoridad y disciplina. Ese dato, por sí solo, no convierte al país en autoritario. Pero sí muestra una demanda social muy fuerte de mando. Al mismo tiempo, la misma encuesta sugiere que Colombia todavía no ha cruzado la frontera abierta del desprecio por las reglas, 61% dice que las reglas democráticas y los resultados son igual de importantes; cerca de 30% prioriza las reglas, aunque el gobierno sea lento; y solo 8,7% pone claramente los resultados por encima de las reglas. No estamos, entonces, ante una mayoría antidemocrática. Estamos ante algo más ambiguo, una ciudadanía que quiere autoridad pero todavía quiere sentir que llega con algún permiso institucional.

Ese matiz es central, porque ahí es donde se juega la mutación de la democracia. La tentación del momento no parece ser la dictadura desnuda, sino el orden con coartada democrática. No sorprende que casi tres de cada cuatro personas digan que considerarían votar por una opción que combine mano firme, respeto institucional y capacidad de diálogo. 

La paradoja colombiana se vuelve todavía más interesante cuando se mira qué castiga realmente la ciudadanía. En la misma encuesta, 45,7% dice que dejaría de apoyar a un candidato si ataca las instituciones democráticas, bastante más que quienes lo abandonarían primero por corrupción o por improvisación. Es una buena noticia, pero también una advertencia. Porque revela que el país todavía reconoce una línea roja institucional; el problema es que esa línea roja puede desplazarse si el miedo, la violencia o el cansancio hacen ver razonable lo que antes parecía inadmisible. En la pregunta sobre restricción de libertades para mejorar seguridad y orden, una parte considerable del electorado se ubica del lado dispuesto a aceptar restricciones, y 17% se va hasta el extremo máximo de aceptación. El autoritarismo del siglo XXI no siempre pide permiso para abolir la democracia; a veces solo pide una excepción temporal,un pequeño sacrificio en nombre del orden.

Lo más delicado del caso colombiano es la fragilidad de la confianza. Más de seis de cada diez personas dicen confiar poco o no confiar en absoluto en el proceso electoral colombiano. Esa cifra debería preocupar mucho más y ser una alerta constante, una democracia puede sobrevivir al conflicto, a la polarización y hasta a la rabia. Lo que la hiere de verdad es que la ciudadanía deje de creer en el mecanismo que convierte ese conflicto en un resultado legítimo. Si la gente siente que las reglas importan, pero desconfía del árbitro, la cancha queda lista para que cualquier derrota se lea como robo y cualquier victoria como imposición.

Y, sin embargo, Colombia no es un país retirado de la política. La misma encuesta muestra que 58,4% se siente hoy más comprometido e involucrado con la política que hace un año, y 43,5% se ubica en el máximo extremo de preferencia por un cambio profundo en la forma de gobernar. Es decir, no estamos ante una sociedad apática, sino ante una sociedad activada, exigente, ansiosa y disponible para mover el tablero. Esa energía puede ser una reserva democrática si se traduce en más exigencia de controles, más defensa de libertades y más vigilancia ciudadana. Pero también puede ser la puerta de entrada a una salida antidemocrática si termina entregándose a quien ofrezca mando sin límites, resultados sin contrapesos y orden sin pluralismo.

El debate de fondo no es solo quién va a ganar la próxima elección. La pregunta más importante es cuánto está dispuesta a ceder una sociedad para sentirse protegida y gobernada eficazmente. El problema de nuestro tiempo no es solo que haya menos democracia (lo que nos obliga a revisar los modelos hasta ahora existentes). Es que cada vez más gente parece dispuesta a conservar el voto mientras renuncia al resto. Y cuando una democracia acepta que le arranquen libertades tanto como controles institucionales, ya empezó a perder bastante más de lo que cree.


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