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Lo público y lo privado

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Una cosita que tengo es que a veces pienso que todos los problemas son problemas de separación de poderes. Supongo que si fuera ingeniero pensaría que todos los problemas se resuelven con diques. Será una tara que tengo. 

Una vez que pude hablar con uno que se lanzó a la presidencia (y que perdió), le dije que el presidente que llegara debería tener aún menos poderes y que debería, por eso, hacer reformas para quitarse funciones.

“No sea huevón”, me dijo, acompañándome a la salida, imaginándose ya presidente, ya queriendo ejercer no menos sino más poder, porque quién no, y porque él, pensando como todos piensan (y a diferencia de todos los demás), sí usaría bien ese poder de más para hacer cosas buenas. 

Y sí: mucho huevón decirle eso a un candidato presidencial.

Pero la gente que se inventó la separación de poderes estaba pensando menos en que todas las cosas necesarias se hicieran y, más, en evitar que las cosas más malas ocurrieran.

Como los millones de perseguidos y asesinados del siglo XX, o los que murieron en sus guerras o en sus hambrunas provocadas, confirmarían después, esos liberales que primero pensaron en separar los poderes públicos a lo que más miedo le tenían era a la arbitrariedad. Pensaban (lo intuyeron correctamente) que las peores matanzas, las peores injusticias, los errores más costosos venían de los reyes y de los déspotas con demasiado poder. 

Fueron ellos mismos quienes reinventaron los derechos individuales y les dieron fuerza. Y esos derechos funcionan, también, como una especie de separación de los poderes del individuo (potencialmente ilimitados) y los del Estado. El individuo ejerce sus derechos, y se vuelve, así, soberano de una soberanía más chiquita, sobre sí mismo. Y, con sus derechos, ese individuo se separa de esa otra soberanía más grande y peligrosa del soberano político.

 Allá afuera, entonces, quedan el Estado y lo público.

Esa separación entre lo público y lo privado es, quizás, la separación........

© La Silla Vacía