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Relativizar los momentos

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El sentido común y la costumbre, fuente del Derecho, son valores que dan estabilidad y facilitan la convivencia. Cuando un hecho insólito y a contrapelo de los consensos establecidos surge en nuestras vidas, éstas quedan alteradas y en suspenso. Pasará un tiempo, si el suceso no se convierte en irreparable, antes de que las cosas vuelvan a su cauce anterior, ao rego. Está ocurriendo con la política, en la que no es fácil discernir si lo que nos ocurre es un cambio profundo o un fenómeno pasajero y epidérmico, aunque escandaloso. Decía Pla que es mucho más difícil describir que opinar, por eso hay tanta gente dando su opinión. La descripción requiere de tiempo, observación detenida y reflexión, condiciones y actitudes que muchos confunden hoy con tibieza y equidistancia. Conviene relativizar los momentos.

El presidente norteamericano, que produce una infinidad de momentos cada día y todos los días, amenazó con aniquilar la civilización persa y devolverla a la Edad de Piedra. La vergüenza colectiva y un escalofrío recorrieron el mundo, solo rebajados porque las bravatas de este personaje de telerrealidad fallan más que una escopeta de feria. En todo caso, si la alianza bélica entre Israel y los Estados Unidos provocó el inmediato bloqueo del paso de Ormuz por parte de Irán, es ahora el mismo presidente tronante quien amenaza con echar un doble cerrojo al estrecho por el que transitan un buen porcentaje de los combustibles que el mundo necesita. Un cierre por dentro y otro por fuera. Un dislate.

Ocurre otro tanto en Hungría. El largo mandato de Orbán en el papel de quintacolumnista de los intereses rusos en el corazón de la Unión Europea, era un motivo constante de fricción. No solo eso: en las últimas semanas se supo que desde el Gobierno húngaro se filtraban, al Gobierno de Putin, informaciones sensibles de las instituciones europeas. Una deslealtad que el Gobierno norteamericano ha avalado, dando su expreso apoyo en campaña electoral al veterano presidente y de nuevo candidato populista. Por fortuna, el cuerpo electoral húngaro, harto de la mala gestión y de los apoyos tóxicos de rusos y norteamericanos, se ha sacudido con rotundidad lo que parecía la entrada del país en un aparcadero de vías muertas.

Stefan Zweig, que no era historiador sino un escritor muy leído hace un siglo, glosó, en su libro entonces más famoso, Momentos estelares de la humanidad, la existencia de unos supuestos puntos de inflexión en la historia. Nuestra sensibilidad actual, influida por los Annales, ha hecho emerger otro de sus textos, el último que escribió: El mundo de ayer. Un bellísimo relato del tiempo largo que, este sí, permite reconstruir el antiguo cauce de la Razón, hoy desbordado por el turbión del momento.


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