El precio de la urgencia
Hay lunes en los que entras al despacho y ya hay cuatro asuntos marcados como urgentes antes de quitarte el abrigo. Un cliente que pide una respuesta para hoy. Un equipo que necesita una decisión que llevaba dos semanas pendiente. Un correo que dice “te llamo en cinco minutos” sin contexto. Y un mensaje interno que abre con “perdona la urgencia, pero”. Te sientas, miras la pantalla y por un instante piensas que esa es la forma natural de empezar la semana. No lo es. Es un síntoma.
He aprendido, casi siempre tarde, que la cultura del “todo urgente” no acelera una empresa, la erosiona. Cuando cualquier asunto puede ser prioritario, ninguno lo es de verdad. La urgencia repartida sin criterio se convierte en ruido. Y el ruido, mantenido durante el tiempo suficiente, rompe lo más caro que tiene una organización: el criterio para decidir bien.
Hay un reflejo común en muchos directivos, y yo no me eximo. Empujar a base de urgencia. Marcar todo como prioritario porque parece que así avanza más rápido. Recordar dos veces lo que ya estaba claro, por si........
