Tiendas de ayer
De mayores, el itinerario sentimental lo trazamos entre bares. De niños, sobre todo, entre los pequeños comercios que nos vieron crecer. Estaba la tienda de ultramarinos, la mercería, y la carnicería donde, en la espera, la señora me obsequiaba con unas finísimas lonchas del mejor jamón. Estaba la tienda de lámparas, donde comprábamos bombillas y cualquier artilugio que pudiera enchufarse a la corriente. La deliciosa pastelería de los alemanes, la floristería que, con sus flores cruzadas en la acera, perfumaba la calle y la llenaba de alegrías, y la droguería, un oasis de modernismo ochentero. La farmacia del siglo XIX, las frutas y verduras sin la obsesión estética de hoy, lencería y pijamas tras la esquina de la plaza, zapaterías como bazares desordenados con aroma a cuero y pegamento industrial, y la librería de las mil novedades, en los tiempos en que leer en papel no era un gesto de rebeldía. Guardo en la memoria los lugares, los rincones, los dueños y dependientes, y hasta el olor de cada una de las pequeñas........
