menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

El profesional

24 0
17.02.2026

Numerosos amigos del resto de España me asaltan a preguntas sobre Gabriel Rufián pensando que, por ser yo catalán, tendré algún tipo de clave autóctona que les permita dilucidar los porqués de sus extravagantes conductas.

En Cataluña somos poca gente y todo el mundo se conoce, así que es inevitable saber particularidades sobre la vida de cada uno. Pero las iniciativas de Rufián no tienen mucho secreto: son las propias del político profesional, esa desviación de la democracia que tanto ha carcomido el sistema del que nos dotamos en 1977.

En diciembre de 2015, Rufián se subió a un tren hacia Madrid y se despidió de los catalanes diciéndonos: «En 18 meses dejaré mi escaño para regresar a Cataluña. Ni un día más. Ese es mi compromiso». Estamos en 2026 y los que cándidamente creyeron sus palabras se han sentado ya para no fatigarse por la espera.

En sus ciento veintidós meses madrileños ha cobrado (por supuesto, a cargo de nuestros impuestos) un sueldo que asciende a mucho más de 155 monedas de plata, je, je…

Ahora, Rufián ha entrevisto una lejana posibilidad de quedarse en paro en el horizonte futuro. Su reacción ha sido un poco sobredimensionada. Tanto, que Óscar Puente se ha encontrado con rozaduras a la altura de los glúteos a causa de recibir en esa zona sus frenéticas muestras de cariño y adhesión. En el momento actual, la posición de Rufián es parecida a la de aquellas muchachas poco agraciadas que uno se encontraba beodas a última hora en los «afters» ochenteros; que se ofrecían desesperadamente a cualquiera pero todos esquivaban aceptar su ofrecimiento. Una posición muy desairada.

No lo echarán de ERC. Pero mientras, por si acaso, intentará convencernos de que lo que le ha llevado a la política ha sido únicamente una voluntad de servicio a la sociedad. Y yo, sencillamente, me permito ponerlo en duda.


© La Razón