Carta a mí mismo
Te hablo desde el epicentro de un terremoto silencioso que tú también habitas. A mis sesenta y seis años, te confieso que hay mañanas en las que me despierto, miro mis manos, esas manos que han escrito miles de páginas, que han sostenido cuerpos amados y que hoy muestran las manchas del tiempo, y no me reconozco. Siento, como tú, esa extraña vibración de la «muerte en vida». Es una sensación gélida, la de ser un actor que sigue en el escenario cuando el público se ha marchado, las luces se han apagado y el guion se ha terminado. ¿Cómo se sigue respirando cuando el aire ya no alimenta el alma, sino solo los pulmones?
He pasado décadas refugiado en los libros, buscando desde los clásicos hasta mis contemporáneos una respuesta que hoy, frente al espejo, me parece insuficiente si no se siente en la piel. Lo que nos sucede es que hemos llegado a la «gran desnudez». Durante toda la vida, el sentido nos venía impuesto desde fuera: los hijos que criar, la carrera que construir, las batallas políticas que ganar, el prestigio que mantener. Éramos necesarios. Y de pronto, el mundo sigue girando sin pedirnos permiso, y esa utilidad desaparece. La angustia que sientes es el eco de ese........
