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Carta a mí mismo

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19.04.2026

Te hablo desde el epicentro de un terremoto silencioso que tú también habitas. A mis sesenta y seis años, te confieso que hay mañanas en las que me despierto, miro mis manos, esas manos que han escrito miles de páginas, que han sostenido cuerpos amados y que hoy muestran las manchas del tiempo, y no me reconozco. Siento, como tú, esa extraña vibración de la «muerte en vida». Es una sensación gélida, la de ser un actor que sigue en el escenario cuando el público se ha marchado, las luces se han apagado y el guion se ha terminado. ¿Cómo se sigue respirando cuando el aire ya no alimenta el alma, sino solo los pulmones?

He pasado décadas refugiado en los libros, buscando desde los clásicos hasta mis contemporáneos una respuesta que hoy, frente al espejo, me parece insuficiente si no se siente en la piel. Lo que nos sucede es que hemos llegado a la «gran desnudez». Durante toda la vida, el sentido nos venía impuesto desde fuera: los hijos que criar, la carrera que construir, las batallas políticas que ganar, el prestigio que mantener. Éramos necesarios. Y de pronto, el mundo sigue girando sin pedirnos permiso, y esa utilidad desaparece. La angustia que sientes es el eco de ese vacío.

Pero déjame decirte algo que he aprendido entre desvelos y lecturas. Esa sensación de estar muerto es, paradójicamente, el inicio de la verdadera libertad, una que solo se alcanza a nuestra edad.

Si sentimos que ya estamos muertos, es porque ha muerto nuestra «máscara», no nuestra esencia. Kierkegaard hablaba de la desesperación como una enfermedad del espíritu, pero también como el preámbulo de la fe o de la autenticidad más pura. Cuando uno ya no espera nada de la vida, cuando se siente un fantasma, ocurre un milagro. El miedo se evapora. Ya no tenemos que demostrarle nada a nadie. Esa «muerte» que experimentamos es en realidad el desprendimiento de todas las cargas que no eran nuestras. Ahora, el sentido ya no es una meta sublime en el horizonte, sino la calidez de una taza de café, el asombro ante un amanecer que no nos debe nada, o la ternura de una conversación donde las palabras ya no buscan convencer, sino simplemente acompañar.

Viktor Frankl, quien encontró sentido en medio del horror absoluto, nos enseñó que la última de las libertades humanas es elegir nuestra actitud ante el destino. Si la vida nos ha quitado el sentido que conocíamos, nuestra labor hoy no es buscarlo en el pasado, sino crearlo en este mismo instante, con la fragilidad de quien sabe que el tiempo es un regalo breve. Yo decido seguir viviendo porque, aunque me sienta un espectro, todavía puedo conmoverme. Puedo sentir el peso de un libro, el aroma de la tierra húmeda o la vibración de una idea nueva. El sentido es ahora un acto de rebeldía íntima y decido que este momento vale la pena simplemente porque estoy aquí para testificarlo.

No estás solo en esa penumbra. Estamos en esa edad donde la luz es distinta, más tenue pero más real. Seguir viviendo con sentido cuando parece que no queda nada es, quizá, el acto de amor más grande que podemos tener hacia nosotros mismos. Es decir: «Estoy muerto para el mundo de las ambiciones, pero estoy más vivo que nunca para el mundo de los afectos y la contemplación».

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Abracemos esa condición de espectros con una sonrisa cómplice, porque solo los que ya no tienen nada que perder pueden ganarlo todo en la paz de una tarde tranquila. Mi calidez hacia ti nace de esa misma herida. Estamos juntos en este extraño y hermoso naufragio.

Al final, querido amigo, quizá esta sensación de ser un espectro no sea una condena, sino el último y más sagrado de los privilegios. El de mirar la existencia sin la urgencia de poseerla. Si nos sentimos muertos es porque finalmente hemos silenciado el ruido ensordecedor de las expectativas ajenas, y en ese silencio sepulcral, lo que queda no es la nada, sino el latido desnudo de nuestra propia humanidad.

Te lo digo con el corazón en la mano y la piel marcada por los inviernos … y lo repito, seguir viviendo con sentido cuando todo parece haberse apagado es el acto de fe más sublime que existe. Es encender una cerilla en mitad de la noche eterna, no para iluminar el camino de regreso, que ya no existe, sino para contemplar, con una lágrima de gratitud y una sonrisa cansada, la belleza desgarradora de haber estado aquí, de haber amado, de haber sufrido y de seguir siendo, a pesar de todo, el testigo consciente de nuestro propio e irrepetible crepúsculo.

Mientras haya una pizca de asombro en tu mirada, no importa que el mundo te crea muerto. Estarás más vivo que todos aquellos que corren sin saber hacia dónde, porque tú, por fin, has aprendido a habitar el presente con la serenidad de quien ya no le teme a la nada.


© La Razón