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El capo que murió por amor

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28.02.2026

Allá por el 121 d.c. el historiador romano Suetonio explicó en su libro Los doce césares, lo definitivas que habían sido las pasiones en el devenir de Roma; también que las grandes decisiones no se tomaban en campos de batalla ni en despachos sino en las distancias cortas, y que es en el regazo donde el guerrero reposa su cansancio, amparado en el amor y la confianza, donde se gesta el futuro. Hay innumerables ejemplos históricos que constatan las infinitas veces que el amor coloca al poderoso ante el jardín de los senderos que se bifurcan y le empuja a que elija aquel donde el corazón le lleve. Poderosos o no, no hay nada que nos haga tan felices y nos vuelva tan vulnerables como ese amor que buscamos desde que nacemos hasta que morimos. Aquel a quien amamos puede sacar lo mejor de nosotros, pero también anularnos si nos ama mal o traicionarnos si su amor no es verdadero o le vence la ambición. Desconocemos a qué se debió la traición de la amante del narco mexicano apodado el Mencho; pero sí que murió por amor. Fue ella quien condujo al ejército hasta su detención y ejecución. No le atraparon negociando en su penumbrosa oficina ni en medio de una importante operación de narcotráfico; cayó en una cita sentimental, tras la delación de la mujer a la que amaba. Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, era un hombre todopoderoso, amparado por las cautelas y el sigilo. Bajo su égida, se estructuró una organización armada capaz de enfrentar a las fuerzas federales y sembrar violencia en buena parte del país. Su paradero era un enigma protegido por redes de lealtad, por la propia corrupción y por su imponente aparato de seguridad. No había fisuras...O eso creía. Siempre las hay en el amor; y el capo, como todos los seres humanos, quería amar. Se reunió con una de sus amantes en una discreta casa en Tapalpa, Jalisco y ella informó de su cita a la Guardia Nacional y al Ejército… Allí, en la cama compartida, le acribillaron. Su imperio cayó…, por amor. Como tantos otros. De amor no se muere, pero por amor se puede morir hasta siendo capo.


© La Razón