Sin criterio ni opinión
Hay frases que entran en la historia por su profundidad, otras por su belleza, y unas pocas privilegiadas por esa extraña capacidad de dejar al oyente mirando al infinito mientras intenta averiguar si ha escuchado bien. “Soy una mujer sin criterio ni opinión” pertenece, sin duda, a esta última categoría. No es una frase; es una confesión administrativa, una rendición filosófica y, casi, un modelo de simplificación política. Durante siglos, pensadores, juristas y estadistas han defendido la importancia del juicio propio. Qué ingenuidad. Bastaba una declaración así para desmontar a Aristóteles, a Montesquieu y, con algo de empeño, hasta a la tertulia de cualquier cafetería. ¿Para qué tener criterio, pudiendo tener cargo? ¿Para qué opinión, si existe la disciplina de partido, la agenda del día o, en casos extremos, la posibilidad de decir exactamente lo contrario mañana? La frase........
