Siete de cada diez españoles consideran que el régimen de Teherán es una amenaza
El 20 de marzo de 2003 se inició la invasión del Irak de Sadam Husein. La coalición estaba liderada por EE.UU. a la que se unieron desde un primer momento Gran Bretaña, España y Polonia. Otros países se fueron incorporando una vez iniciada la ofensiva terrestre. Pero hubo dos excepciones, Francia y Alemania.
La primera comprometida con el régimen iraquí, principal proveedor de armamento occidental y facilitadora del programa nuclear de Sadam Husein. La segunda, Alemania, paralizada por su miedo a Rusia, principal aliado de los iraquíes.
En España el PSOE, hundido electoralmente desde el año 2000 y en la oposición desde 1996, aprovechó, en los meses previos al ataque, el sonido de los tambores de guerra para desarrollar una de las mayores campañas demagógicas jamás puesta en marcha en nuestro país.
El «No a la guerra» fue la única alternativa que los socialistas y la izquierda en general tenían para poder llegar de nuevo al poder y terminar con ocho años de presencia de José María Aznar en la Moncloa.
El CIS de febrero de 2003 detectó un repunte de 3,1 puntos en el PSOE, que subía al 37,3% al calor de la campaña anti militarista. Al tiempo que el PP bajaba al 39,8%.
El teatro del «No a la guerra» le aportó una discreta mejora que igual que vino se diluyó, pues en el barómetro de julio de 2003, acallados ya los ecos de la contienda, el PSOE bajó al 35,2% y el PP ascendió al 41,2%.
También ha pasado el furor de la Guerra de Gaza, en la que la izquierda española parecía enloquecida tras el verano de 2025. Bastó que Trump impusiera el fin de las hostilidades en octubre, tras haber alcanzado Israel sus últimos objetivos militares, para privar de un ariete electoral al PSOE y demás grupos asociados por la izquierda.
El confiar la recuperación electoral del PSOE a situaciones bélicas no mantiene las expectativas electorales mucho más allá de cortos periodos de tiempo. El retorno a la normalidad, a los problemas cotidianos de los votantes, vuelve a erosionar las ensoñaciones electorales de Moncloa y Ferraz.
Irán está en la diana de EE.UU., Unión Europea, Israel y los países del Golfo por ser una amenaza real a la paz y seguridad regionales y globales. Su pretensión de destruir a Israel y su voluntad de fabricar y utilizar armas nucleares, y de comportarse ante sus vecinos como una nueva Corea del Norte convierten al régimen de los ayatolás en una de las amenazas más terriblemente realista a las que se enfrenta hoy la humanidad. Y esta situación excepcional solo puede terminar con un cambio de régimen que integre de nuevo a la antigua Persia en la comunidad internacional y ponga fin a la esquizofrenia de los clérigos chiíes y haga regresar a Irán de la edad media, abandonando para siempre su programa atómico y de misiles balísticos. Sería la única forma de poner fin permanentemente a los ataques recurrentes de EEUU e Israel. Lo que ellos llaman «pasar la cortadora» para segar el césped que crece, es decir, la acumulación de misiles y plutonio, desde el último bombardeo. En una guerra sin solución de continuidad porque los gobernantes de Teherán no renunciarán a la guerra ni a las armas de aniquilación masivas y de largo alcance.
El 68,1% de los españoles considera que el régimen de Teherán es una amenaza. Pero reconocida su peligrosidad, el 56,3% rechaza la solución militar por la que han apostado EEUU e Israel. Pero es curioso que un 52,2% reconozca que no hay solución al conflicto ni por la vía diplomática o la negociación.
Este «bloqueo» en la opinión pública española es consecuencia de la falta de liderazgo del Gobierno ante esta guerra, en la que todos debemos tomar partido por el lado correcto y no usarla como arma electoral.
Es cuestión de tiempo que los ataques a objetivos en Irán finalicen y que regrese la paz a la región. Volverá a desinflarse el globo del «No a la guerra». Entonces habrá que buscar un nuevo eslogan para animar al electorado de la izquierda.
Big dataA. CruzLa Razón