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Las memorias de HCF Mansilla

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16.08.2026

La reducida élite boliviana de antes de 1952 era muy diferente de la élite más amplia que creó la Revolución Nacional. Aquella era más homogénea en términos étnico-raciales y estaba mejor educada. Como muestra la pléyade de políticos enjundiosos de todas las tendencias, de intelectuales profundos y de escritores relumbrantes que salieron bachilleres antes de 1952, los alfabetizados de entonces eran pocos, pero en general mejores que los que vendríamos después.

Los más exitosos materialmente hablando formaban una élite elegante y cultivada, cuyos miembros creían que un buen pasar se complementaba e incluso se expresaba a través de la apreciación de obras de arte, la lectura de ensayos y novelas, la pronunciación de esmerados discursos (tanto políticos como cotidianos), la formalidad en la vestimenta, la posibilidad de viajar, generalmente a Europa y Buenos Aires, y la defensa del liberalismo débil típico de las oligarquías latinoamericanas, una ideología inconsecuente que combinaba pongos con democracia.

Su dominio era “natural” y por tanto poco esforzado; se sostenía sobre el trabajo agrícola de los indios, el servicio público o, para los más afortunados, las grandes empresas mineras, y por eso se desplomó con la reforma agraria, el cambio de élite política y la decadencia del estaño. La Revolución acabó definitivamente un mundo que, dentro de las dimensiones del país, era nuestro “Ancien Régime”.

Como en Francia, muchos de los señores bolivianos que sufrieron la pérdida de su modo de vida, sus referencias emotivas y un porvenir más o menos asegurado engrosaron el campo de la reacción. Tuvieron que exiliarse, se enrolaron en Falange Socialista Boliviana y odiaron con toda la fuerza de sus corazones al MNR y sus “cholos armados” que los había desplazado y........

© La Razón