Los incendios de nunca acabar
Los incendios forestales de este verano me han hecho pensar y recordar. Andaba yo por los ocho años cuando asistí a mi primer incendio. Fue en mi pueblo de la Castilla profunda y debió de ocurrir a principios del otoño. Por aquel entonces liábamos nuestros bártulos después de la vendimia, para volver a Madrid a pasar el curso hasta principios de junio, cuando el final de las clases y los calores estivales nos echaban lejos de la Villa y Corte.
Entonces no había bomberos que acudieran raudos en tremendos camiones para auxiliar en las zonas rurales. Cada pueblo debía arreglárselas por sí mismo. La liturgia de los incendios empezaba siempre con las campanas tocando a rebato. Las benditas campanas. Acompañaban a los vivos en cada situación trascendente, religiosa, festiva o dramática. Había tipos de toque diferentes para cada situación y el toque “a rebato” transmitía la urgencia de algo que no podía esperar. Entonces las calles se llenaban de gente y de preguntas: ¿Qué pasa?, ¿dónde pasa?
Rápidamente, las personas abandonaban sus quehaceres y se arremolinaban hacia la plaza mayor y el ayuntamiento, donde el alcalde, el alguacil y el pregonero organizaban a los hombres que iban llegando hacia los pocos recursos existentes. Un primer grupo corría........
