La ideología no es inocua, machaca
Madrid crece. En una década, la comunidad que hoy preside Ayuso alcanzará los 8 millones de habitantes, lo que, en contra lo que decía el tonto de Malthus, supone mayor riqueza y mejores oportunidades para todos. Ahora bien, a esa gente, la que ya ha nacido aquí y, sobre todo, la que está viniendo de fuera a la llamada de una vida mejor, habrá que meterla en algún sitio, preferiblemente, en una vivienda con servicios básicos que no te cueste una agonía llegar a final de mes. El asunto no tendría mayor dificultad, pues, como recordaba el arquitecto Miguel Díaz Martín, en los años sesenta del pasado siglo se llegaron a levantar en la capital seis mil pisos en sólo seis meses, marca que, con las nuevas tecnologías de materiales y técnicas de construcción, está chupado de superar. Pero, de momento, los términos medios de desarrollo de las grandes promociones inmobiliarias se miden en décadas, sencillamente, porque la ideología no es inocua y cuando opera la que llamamos «izquierda progresista», la de las Belarras, no confundir con el marxismo, las consecuencias no se hacen esperar. Ahora mismo, están proyectadas más de 116.000 viviendas en el plan del sureste de Madrid, con Valdecarros, Los Berrocales, Los Cerros y el Cañaveral como principales desarrollos, y haría falta construir otros 200.000 pisos en los próximos diez años para atender a la demanda esperada y que no suceda como en Ámsterdam, que ha muerto de éxito y no tiene dónde meter a los que llegan atraídos por su enorme progreso tecnológico e industrial pese a contar, o tal vez por ello, con la legislación inmobiliaria más estricta de Europa en cuanto a vivienda social, que es casi el 50 por ciento del parque, frente al 2 por ciento de España, según los datos que proporciona el arquitecto Díaz Martín. Pues bien, el desarrollo del Sureste puede entrar en una variante del habitual bucle melancólico de la izquierda, la tríada de ecologismo de salón, fobia al mercado libre y abuso de la acción judicial, por culpa de un diseño cicatero y conservador de las redes de transporte eléctrico, que no tiene en cuenta ni la demanda asociada al nuevo modelo tecnológico industrial, con centros de datos de alto consumo de electricidad, ni la necesidad de ampliar el parque de viviendas ante el previsto aumento de la población. Según denuncia el Gobierno madrileño, no es sólo que se pierda la oportunidad de entrar en la carrera por el desarrollo de la Inteligencia Artificial y los procesos económicos asociados, sino que desarrollos urbanos de gran aliento como los del sureste no podrán ponerse en marcha hasta más allá de la próxima década. Es una cosa muy propia de estos progresistas que nos manejan. Abren las puertas a la inmigración, lo que en sí mismo no tiene por qué ser malo, pero se aferran a sus viejos prejuicios a la hora de gestionar unos desafíos que les desbordan. Me dirán que no es tanto ideología como torpeza, pero, sin descartar la incompetencia, lo cierto es que la visión del mercado inmobiliario de las Belarras como compendio de todos los males del capitalismo, es puro populismo, es decir, ideología. Y lo mismo reza para la energía nuclear, condenada a la extinción por una decisión gubernamental fuera de todo principio racional, comenzando por el de precaución o de prudencia. Que un día llega una guerra y te ponen el gas por las nubes.
