¿Cómo estamos conversando?
Las formas de conversación que se privilegian en una sociedad son reflejo de sus capacidades para transformarse, desarrollarse; para resolver y superar sus desafíos, y también, al contrario, son indicadoras de patologías sociales que deberían ser atendidas a través de políticas orientadas a generar dichas capacidades para el desarrollo. En este mismo contexto, las habilidades conversacionales de los individuos, las organizaciones o los territorios, son claves a la hora de prevenir y resolver conflictos y tramitar diferencias. La palabra es uno de los pilares fundamentales de la cultura y el sistema normativo wayuu y para ello el palabrero debe ser, en su papel de mediador de disputas y garante de la convivencia, un portador de sabiduría, prudencia y ética.
Es a través de la palabra, del diálogo, como se pueden construir redes de confianza y de colaboración que permiten la construcción de acuerdos. La Constitución Política de 1991 y el Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las Farc, son dos ejemplos en los que, como país, privilegiamos la conversación por encima de la confrontación armada para conversar y construir colectivamente mejores opciones de futuro para la sociedad. Y fue en el marco del proceso de paz con las Farc, que el académico estadounidense Jhon Paul Lederach trajo al país el concepto de los “diálogos improbables”, planteados como un camino de construcción de confianza en los territorios que resulta especialmente pertinente en contextos profundamente polarizados.
Y el asunto no consiste en evitar el conflicto o la confrontación de ideas, pues ello resulta bastante lesivo para la democracia, la convivencia y la verdad. Se trata, desde la polarización y la radicalización de los discursos, aprender a conversar y a hacerlo pacífica y respetuosamente, con fundamento en datos y evidencias científicas y como un ejercicio de búsqueda de la verdad y del conocimiento, con mayor razón cuando se conversa en la búsqueda de construcción de acuerdos.
Una buena conversación, productiva, generativa, demanda un amplio ejercicio de conciencia y tal vez el más importante y el más difícil, conciencia de las limitaciones propias, de los sesgos, del limitado alcance de las observaciones de cada uno y de la existencia de intereses propios y ajenos. Ello conlleva a asumir una postura abierta para reconocer el pensamiento diferente y humilde para, por lo menos, cuestionarse e indagar acerca de la posible verdad que encierran las posturas diferentes.
Y gobernar -también dirigir o gerenciar- implica aceptar que la diferencia y el conflicto son naturales y deben tramitarse dentro de un marco democrático, de reglas claras, de seguridad y de respeto. Y pensando en el desafío del próximo gobierno, sea cual fuere el resultado de las próximas elecciones, la posibilidad de construir acuerdos depende de que se compartan ciertos valores fundamentales, como por ejemplo profundo respeto por la dignidad humana, por la justicia, por los recursos públicos, por el medio ambiente, elevado compromiso con la verdad y la transparencia.
Una campaña presidencial es, sobre todo, un espacio de exposición de las ideas con las que se busca persuadir, convencer y movilizar a los electores y definitivamente no es el espacio idóneo para la deliberación profunda y el debate riguroso. Para ello, los espacios naturales mucho más adecuados son el Congreso, la academia, los medios de comunicación. Los ciudadanos debemos, simplemente, asumir la responsabilidad de fortalecer la democracia y mejorar la convivencia y para ello, resulta fundamental aprender a sostener conversaciones conscientes y respetuosas.
