Una ciudad sostenida por abuelas
Hay mujeres que no necesitan títulos para sostener el mundo. Mi abuela, Luz Villegas de López, fue una de ellas. Una señora salamineña, de esas que parecieran cargar en su forma de hablar, de mirar y de vivir una manera completa de entender la vida. Tenía un humor preciso: pícaro, a veces negro, pero siempre inteligente. No castigaba la ignorancia, pero sí exigía algo más profundo: el deseo de aprender, de superarse. Para ella, el conocimiento no era un privilegio, era una forma de dignidad. A mí me llamaba “tesoro”, aunque con los años entendí que el verdadero tesoro siempre fue ella. En su cotidianidad había gestos que hoy entiendo como actos de libertad: me enseñó a coser a escondidas, celebró mi manera de vestir cuando otros la cuestionaban, y me abrazó con una fuerza que no solo protegía, sino que afirmaba. En sus brazos uno no solo encontraba consuelo, encontraba existencia. El filósofo Gaston........
