Antonio de la Cruz: Venezuela entre la estabilización y la democracia
La historia de las democracias rara vez termina de forma abrupta en las últimas décadas. Pocas veces desaparecen bajo el ruido inmediato de los tanques o mediante la clausura instantánea de un parlamento. Con mayor frecuencia, las democracias se erosionan lentamente, absorbidas por arreglos híbridos que prometen orden, estabilidad y normalidad mientras aplazan indefinidamente la restitución plena de la soberanía popular.
Venezuela parece haber ingresado precisamente en esa zona gris.
Tras la captura de Nicolás Maduro en enero de 2026 y la posterior designación de Donald Trump de Delcy Rodríguez como figura operativa del poder, el país no avanzó hacia una transición democrática clásica. En lugar de ello, emergió un modelo intermedio: un sistema de estabilización supervisada en el que coexisten apertura económica parcial, control político persistente y una creciente influencia externa sobre áreas estratégicas del Estado.
La disputa central de la Venezuela contemporánea no enfrenta únicamente a dos líderes. En realidad, confronta dos visiones profundamente distintas sobre qué significa “transición”. Una apuesta por la estabilidad antes que la democracia. La otra apuesta por la democracia como condición necesaria para la estabilidad.
El modelo Trump: orden antes que legitimidad
La estrategia impulsada por la administración Trump parte de una premisa fundamental: después de años de colapso económico, fragmentación institucional y deterioro social, la prioridad inmediata no puede ser una ruptura abrupta, sino evitar el caos. En este esquema, la transición deja de ser un proceso de sustitución del régimen y pasa a convertirse en un mecanismo de administración controlada del poschavismo.
El objetivo principal no consiste en refundar el sistema político venezolano, sino en preservar suficiente gobernabilidad para incrementar la producción petrolera, contener la desintegración institucional y garantizar continuidad administrativa. La narrativa del socialismo del siglo XXI que dominó durante décadas comienza así a diluirse. La retórica ideológica es reemplazada por un discurso centrado en inversión extranjera, reconstrucción económica, pragmatismo administrativo y recuperación energética.
Sin embargo, bajo ese nuevo lenguaje, las estructuras esenciales del poder permanecen intactas. Las redes militares, judiciales y burocráticas continúan........
