Antonio de la Cruz: La tentación de creer en la transición
Los regímenes no siempre caen: a veces aprenden a sobrevivir mejor.
Hay momentos en la historia en los que la realidad se disfraza de una eficacia inquietante. Momentos en los que lo que parece evidente —el fin de una era, el colapso de un régimen, el inicio de una transición— no es más que una ilusión cuidadosamente administrada. Venezuela atraviesa uno de esos momentos.
Desde fuera, la narrativa es seductora. La salida de Nicolás Maduro, la recomposición del poder en Caracas, la sustitución de figuras clave dentro del aparato militar y la tímida flexibilización frente a exigencias estadounidenses han sido interpretadas como señales inequívocas de una transición. La tentación de creerlo es enorme. Europa quiere creerlo. Washington quiere gestionarlo. América Latina quiere celebrarlo. Pero la política rara vez es lo que parece a primera vista.
Porque lo que ocurre hoy en Venezuela no es, en rigor, una transición. Es algo más ambiguo, más sutil y, por eso mismo, más peligroso: una mutación del poder bajo presión.
Las transiciones auténticas implican una transformación del sistema: reglas nuevas, árbitros independientes, instituciones que dejan de ser instrumentos de un grupo para convertirse en patrimonio de todos. Requieren, sobre todo, algo que el poder rara vez concede sin resistencia: la posibilidad real de perder. Nada de eso ha ocurrido todavía.
Lo que sí ha ocurrido es una reorganización meticulosa del mando. Un desplazamiento de piezas que no altera la esencia del tablero. La sustitución de Vladimir Padrino López por Gustavo González López al frente del Ministerio de Defensa no es la señal de un desmontaje, sino la evidencia de una sofisticación. El poder no se retira: se repliega, se reorganiza, se vuelve más eficiente.
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