La Otra Cara: La estirpe de los inadaptados: el caudillismo liberal y nacionalista antigomecista (IV), por José Luis Farías
IV. La heterogeneidad: los varios rostros de la rebeldía
Pero sería un error pensar que estos hombres formaban un grupo homogéneo. No lo eran. Eran, por el contrario, un mosaico de procedencias, intereses y concepciones de la lucha que a menudo chocaban entre sí con la misma violencia con que chocaban contra el régimen. Esa heterogeneidad, lejos de ser un accidente, constituía uno de sus rasgos más definitorios y, a la vez, una de sus más trágicas debilidades. Porque si algo caracterizó al caudillismo antigomecista fue precisamente su incapacidad para convertir la diversidad en fuerza, para transformar la multiplicidad de voces en un coro unificado capaz de hacerle frente al poder monolítico del Benemérito.
Estaban, por un lado, los aristócratas conspiradores. Hombres como Armando Zuloaga Blanco o Francisco Linares Alcántara (hijo), herederos de apellidos patricios, descendientes de próceres, que aportaban a la causa no solo recursos económicos sino también ese «lustre» que solo dan los abolengos. Eran, en cierto modo, la memoria viva de otra Venezuela, la de antes de Gómez, la de los generales ilustrados y los presidentes civiles. Su presencia en la lucha era una forma de decir que el gomecismo no era toda Venezuela, que había otra tradición, otro país posible. Pero su misma condición los distanciaba de las masas, los hacía desconfiar del ímpetu desordenado de los caudillos regionales, los inclinaba hacia una concepción más «civilizada» de la lucha, basada en el pacto, en la negociación, en el acuerdo de elites. No es casual que Zuloaga Blanco estuviera en el Falke, que Linares Alcántara conspirara en Caracas mientras otros peleaban en el monte. Eran hombres de salón, de tertulia, de conspiración elegante, y esa elegancia, esa distancia con lo popular, era a la vez su fuerza y su límite.
Pero dentro de esta categoría había matices importantes. Estaba, por ejemplo, José María Ortega Martínez, abogado y político de fuste, que desde el exilio en Colombia y Estados Unidos desplegó una intensa actividad diplomática y propagandística contra el régimen. A diferencia de los conspiradores armados, Ortega Martínez creía en la fuerza de los argumentos, en la presión internacional, en la denuncia sistemática. Hombre de leyes, su lucha era la lucha por la legalidad secuestrada, por la Constitución violada. No empuñaba un fusil, pero sus escritos, sus manifiestos, sus gestiones ante gobiernos extranjeros, eran armas de otro calibre, no menos necesarias. Representaba esa vertiente civilista de la oposición que, aunque menospreciada por los hombres de acción, cumplía una función indispensable: mantener viva la llama de la legitimidad, recordar al mundo que Venezuela no era solo Gómez, que había otro país posible.
Estaba también Leopoldo Baptista, ese viejo zorro de la política venezolana que había sido todo —diputado, senador, ministro, incluso presidente encargado en 1911— y que terminó convertido en uno de los más temibles conspiradores contra el hombre a quien había ayudado a llegar al poder. Baptista representa como nadie la complejidad del fenómeno antigomecista. Porque no era un outsider, no era un excluido del sistema: había sido parte del régimen, lo había servido, lo había conocido desde dentro. Y quizás por eso mismo su oposición era más peligrosa, más informada, más certera. Desde su exilio en Trinidad, Baptista tejía redes, financiaba expediciones, coordinaba esfuerzos. Su casa en Puerto España se convirtió en centro de operaciones de la resistencia, en lugar de encuentro de conspiradores de todas las tendencias. Pero su mismo pasado, su condición de tránsfuga del régimen, le granjeaba........
