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"Si hoy soy maestra, no es por casualidad. Es porque un día alguien me enseñó que enseñar era un acto poderoso, casi mágico"

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26.03.2026

Verónica Calvo Jiménez, en un aula. / Cedida

Antes de ser maestra, fui alumna. Y antes de entrar en un aula como docente, me senté en pupitres donde otras mujeres, mis maestras, dejaron en mí algo que todavía me acompaña.

Aún recuerdo sus nombres. Recuerdo cómo sostenían los libros, cómo modulaban la voz cuando leían narrativa fantástica, cómo convertían el aula en un lugar donde lo imposible era, por unos minutos, completamente real. Recuerdo esa sensación de libertad cuando nos decían: "Imaginad que…". En ese instante, el aula dejaba de tener paredes.

No todas las lecciones que guardo son académicas. No recuerdo cada ficha ni cada examen. Pero sí recuerdo cómo me hicieron sentir. Recuerdo la confianza, la exigencia justa, la mirada que decía "sé que puedes". Y si hoy soy maestra, no es por casualidad. Es porque un día alguien me enseñó que enseñar era un acto poderoso, casi mágico.

Una profesión para abrir horizontes

Por eso, cuando se habla de la "huella del maestro", creo que debemos ampliar el concepto. No se trata solo de transmitir contenidos ni de alcanzar estándares repetidos. La huella verdadera es la que despierta la imaginación y siembra libertad interior.

En una sociedad dominada por la inmediatez, donde las pantallas ofrecen estímulos constantes y respuestas prefabricadas, la escuela tiene un papel contracultural. No estamos para competir con el entretenimiento digital; estamos para formar pensamiento. Y el pensamiento necesita tiempo, silencio, relato, preguntas abiertas. Necesita creatividad.

La magia de la narrativa fantástica

La narrativa fantástica, tantas veces relegada a un segundo plano por considerarse poco "útil", es una herramienta profundamente transformadora. Cuando un niño o una niña se adentra en un mundo imaginario, no está huyendo de la realidad: está entrenando su capacidad de comprenderla desde múltiples ángulos. Está desarrollando empatía, pensamiento simbólico, capacidad de abstracción. Está aprendiendo que el mundo puede ser distinto.

Verónica Calvo, con unos alumnos / Cedida

La imaginación es un ejercicio de libertad. Y educar para la libertad es uno de los mayores compromisos éticos que tenemos como docentes.

Por eso, me inquieta el enfoque reduccionista que a veces domina el debate público sobre la formación de maestros. Preguntarse si "sobran" docentes en términos exclusivamente estadísticos es olvidar la dimensión humana y social de nuestra profesión. La universidad no debería limitarse a ajustar cifras de empleabilidad; debe formar ciudadanos críticos, sensibles y creativos. Y la escuela no puede reducirse a una antesala del mercado laboral.

Como maestra de Primaria, sé que nuestra labor es infinitamente más compleja de lo que reflejan los informes. No solo enseñamos a leer, escribir o calcular. Enseñamos a convivir, a escuchar, a respetar, a tolerar la frustración, a imaginar alternativas. Y eso no es accesorio: es fundamental para cualquier sociedad democrática.

Verónica Calvo Jiménez. / Cedida

Pero también debemos hacer autocrítica. Defender la educación no significa idealizarla sin matices. Necesitamos una formación inicial rigurosa, actualizada, conectada con la realidad del aula. Necesitamos reconocimiento social acorde a la responsabilidad que asumimos. Necesitamos espacios donde la creatividad no sea un añadido decorativo, sino un eje metodológico real.

Porque, si algo he aprendido de mi propia trayectoria, es que las maestras que dejaron huella en mí no eran meras transmisoras de contenido. Eran creadoras de experiencias. Convertían una lectura en una aventura, una pregunta en un desafío, un error en una oportunidad. Me enseñaron que la escuela podía ser un espacio de descubrimiento, no de miedo.

Los ojos de los alumnos

Hoy, cuando leo un cuento en voz alta y observo cómo se agrandan los ojos de mi alumnado, entiendo que estoy sosteniendo esa misma cadena invisible. No sé qué recordarán dentro de veinte años. No sé si alguno elegirá ser maestro o maestra. Pero sí sé que cada gesto, cada historia compartida, cada palabra de aliento puede quedarse latiendo en su memoria.

Verónica Calvo, en clase. / Cedida

La huella del maestro no cotiza en bolsa ni aparece en los rankings. Pero está en la manera en que una persona adulta afronta un conflicto, imagina soluciones o se atreve a pensar diferente. Está en la sensibilidad hacia los demás. Está en la libertad interior.

Yo soy fruto de maestras que creyeron en el poder de la imaginación. Y cada día intento honrar esa herencia sembrando creatividad, pensamiento crítico y humanidad en mi aula.

Porque educar no es llenar mentes de datos: es abrir horizontes.

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