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Entre la muerte y la esperanza

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04.04.2026

Procesión de La Soledad / José Luis Fernández / Archivo

Hay días que no encajan bien en ninguna categoría. No son fiesta, pero tampoco rutina. No son ruido, pero tampoco silencio del todo. El Sábado Santo es uno de ellos. Queda ahí, en medio. Entre lo que ya ha pasado y lo que está por venir. En Zamora se percibe con claridad. Después de la intensidad de los días anteriores, algo cambia. Las calles parecen más contenidas, el ritmo es distinto. No hay ese desbordamiento de emoción, pero tampoco indiferencia. Es otra cosa. Más difícil de explicar.

Desde fuera podría parecer un día vacío. En el relato cristiano, Cristo ha muerto y la resurrección aún no ha llegado. No hay acción, no hay desenlace. Solo espera. Y, sin embargo, ese "no pasa nada" tiene mucho fondo.

El cerebro humano no lleva bien los finales abiertos. Está diseñado para buscar sentido, para cerrar historias. Cuando algo queda en suspenso aparece una cierta incomodidad. Nos cuesta sostener la incertidumbre. Lo vemos en lo cotidiano, en decisiones pequeñas, en problemas sin resolver. Y también en algo más profundo, como es el duelo. Porque este día tiene mucho de eso.

La psicología describe el duelo como un proceso en el que la mente intenta reorganizarse tras una pérdida. No es solo tristeza. Es desajuste. Falta algo que estaba, y el cerebro tiene que aprender a funcionar sin ello. Durante ese proceso, la espera es clave. No se puede acelerar. No se puede esquivar del todo.

El Sábado Santo, en cierto modo, refleja eso. No hay todavía consuelo. Tampoco hay resolución. Solo un tiempo suspendido en el que la emoción no desaparece, pero se transforma. Quizá se vuelve más silenciosa. Más interior. Y ahí aparece algo interesante.

Incluso en esa espera, incluso en ese momento sin respuesta, el cerebro mantiene una expectativa. Una posibilidad. No es certeza, pero tampoco vacío. Es una forma muy concreta de esperanza. Desde un punto de vista científico, la esperanza tiene mucho que ver con cómo anticipamos el futuro. El cerebro no vive solo en el presente. Está constantemente proyectando lo que puede venir. Y esa proyección, cuando es positiva, activa mecanismos que nos sostienen. Nos permite seguir adelante incluso cuando el presente no ofrece demasiadas razones.

Pero aquí la ciencia se queda un poco corta. Porque para quien vive la Semana Santa desde la fe, este día no es solo un proceso psicológico. Es algo más hondo. Es acompañar un momento muy concreto del relato cristiano. La muerte ya ha ocurrido, sí, pero la esperanza no ha desaparecido. No es optimismo ingenuo. Es una confianza que se mantiene incluso cuando todo parece detenido. Y eso, mirado con calma, dice bastante de cómo somos.

Necesitamos sentido. Necesitamos pensar que lo que vivimos encaja en algo más grande. La ciencia puede explicar cómo gestionamos la pérdida, cómo funciona la espera o por qué anticipar algo mejor nos ayuda a resistir. Pero no puede sustituir lo que cada uno pone en ese vacío.

En Zamora, ese día se entiende sin grandes explicaciones. No hace falta decir mucho. Basta con estar, con observar, con dejar que el tiempo pase a otro ritmo. Entre la muerte y la esperanza. Un lugar incómodo, sí. Pero también necesario.

Porque a veces lo que nos sostiene no es lo que ya ha llegado. Es lo que aún estamos esperando.

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Semana Santa de Zamora 2026


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