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¡Todo el mundo al suelo!

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22.02.2026

El golpista Antonio Tejero, el 23 de febero de 1981, en el Congreso de los Diputados. / EL PERIÓDICO

Todos llevamos un 23 de febrero a nuestras espaldas. Hablo de los que hace 45 años residíamos en este país y que aún andamos por aquí, disfrutando o soportando la vida. Los que llegaron después solo han escuchado de sus mayores, que somos la mayoría, lo que sucedió aquel 23 de febrero de 1981, tal día como mañana. Entonces era martes. Lo sé porque he mirado el calendario para no meter la pata, aunque no hubiera hecho falta: ese día había tenido un examen de Historia del Arte en el Colegio Universitario de la capital. Por la tarde, para descansar y reponer fuerzas, hice lo de casi siempre: visitar la Biblioteca Pública, la que entonces llamábamos “Casa de Cultura” y que yo la sigo denominando así porque para mí siempre será eso, la casa donde pasaba muchas tardes, en la primera planta, al fondo a la izquierda, donde entonces estaba de la prensa. Ese rincón era uno de mis preferidos. Aún retengo en mi memoria algunas escenas que entonces me cabreaban muchísimo: las de quienes cogían dos, tres o más periódicos al mismo tiempo porque con uno no tenían suficiente. No sé si ahora se mantendrá el mismo ritual porque ya no frecuento ese sitio como hacía entonces.

Como aquella tarde del 23 de febrero de 1981, cuando escuchamos por la radio: "¡Todo el mundo al suelo!". Era una voz de un guardia civil, con bigote y una pistola en la mano, subido en el mismo lugar desde donde los diputados dirimían sus diferencias políticas, diciendo eso, que todo el mundo al suelo. Allí estaba él, un gallito verde, mandando callar a los representantes del pueblo con una pistola en la mano, con la compañía de más guardias civiles porque, se suponía, que él solito no podía conseguir lo que tanto anhelaban muchos que no andaban por allí. Ya me entienden, ¿verdad? Es que la columna de hoy es un gustazo que me estoy dando al recordar, casi al pie de la letra, lo que entonces escuché y vi en la pensión de la señora Luz, en la calle San Andrés, que ustedes no pueden localizar en el callejero porque ya no existe. Ese curso residía allí, con cinco chavales más. Había abandonado la Casa de la Cultura y en la calle escuché a unos señores que tenían un transistor en la oreja que se había dado un golpe de estado. "¡Ostras, un golpe de estado! Como en los viejos tiempos", pensé, pues tenía muy recientes las explicaciones de Historia Contemporánea.

Lo que vino después ya lo conocen; por tanto, no les voy a irritar con los dimes y diretes, con que si este o aquel estaban pringados o no y bla, bla, bla. Si no tienen nada mejor que hacer estos días, consulten lo que se ha escrito sobre un suceso tan lamentable que, con solo recordarlo, me pone los pelos de punta. Ahí está "Anatomía de un instante", de Javier Cercas; su libro es, probablemente, la mejor autopsia de esos minutos donde el tiempo se detuvo en el Congreso de los Diputados. Un país que algunos querían salvar y tutelar a punta de pistola, como en los viejos tiempos, cuando la voluntad se imponía con la fuerza; es decir, por mis santos cojones. Disculpen si les he ofendido con el tacazo que he soltado, pero una vez escuché a Umberto Eco -ya saben, el que escribió "El nombre de la rosa"-, que un taco a tiempo es una herramienta emocional y física efectiva para liberar tensión, gestionar la frustración y aumentar la tolerancia al dolor, actuando como un desahogo inmediato. Y si lo decía Umberto Eco, a ver quién soy yo para llevarle la contraria. Menos mal que no anda por aquí el de la pistola de hace 45 años para obligarme a cambiar de opinión.

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