Cuando la paz se niega a bailar
Cuando la paz se niega a bailar / Cedida
El mundo se descompone. No con el dramatismo de las profecías apocalípticas, sino con la vulgaridad de una fruta que se pudre en la nevera: lentamente, con un olor que primero se ignora, luego se soporta y finalmente se normaliza. Las desigualdades han dejado de ser una vergüenza para convertirse en un dato estadístico más, como la temperatura media o el PIB. El 1% sigue bailando sobre el cadáver del 99%, y la tierra, esa vieja dama que nos aguantó todo, agoniza entre plásticos, incendios y promesas incumplidas.
La razón ha sido desahuciada de su trono. En su lugar gobierna la fuerza, esa que siempre lleva razón porque tiene el puño más grande. La dignidad humana se ha convertido en un producto de lujo, algo que solo pueden permitirse los que tienen el poder de comprarla. Y la verdad... ay, la verdad. La verdad ha sido sustituida por un trumpismo vulgar, por "mi verdad". Como pudo haber escrito algún filósofo ya ignorado, vivimos en la sociedad del cansancio, pero también en la del autoengaño.
La ciencia, que una vez fue la antorcha de la humanidad, se ha prostituido al servicio de la economía. Ya no se investiga para saber, se investiga para vender. La gnología -ese saber que busca el bien hacer y el vivir bien- ha sido reemplazada por la tecnología de usar y tirar: apps que nos hacen más eficientes pero más vacíos, algoritmos que nos conocen mejor que nosotros mismos pero nos entienden peor que un extraño. Y mientras tanto, la xenofobia y la aporofobia -ese odio al pobre que denunció Adela Cortina- crecen como malas hierbas en el jardín descuidado de la democracia.
Lo peor no es que el mundo se hunda. Lo peor es que la gente sigue mirando con mayor interés el Campeonato Mundial de........
