La infancia y la adolescencia: ni frío, ni calor, solo la aventura
Resultados del plan Renaturaliza en el bosque de Valorio de Zamora: plantación de 4.400 árboles
Era algo así como entrar en el averno aquello de tener que dormir la siesta las tardes de verano, cuando el calor abrasaba los tejados de las casas, y los padres obligaban a los más pequeños a irse un rato a descansar. "¡Anda, échate un ratito!", decían las madres, temerosas de que la calima llegara a deshidratarles en la calle. Pero los críos se encontraban más a gusto fuera de la casa jugando con los amigos. Porque no sentían ese insoportable calor que ellas decían, ni tampoco el frío de los crudos inviernos, cuando los pinganillos de hielo pendían de los aleros del tejado, especialmente de los canalones. Y es que cuando se transita por la etapa de la preadolescencia se llega a soportar todo lo que te venga encima. Por eso, el hecho de pensar que, tras la comida, había que perder el tiempo haciendo una siesta, cuando fuera de casa esperaba la aventura; llegaba a ponerles de los nervios.
Aquellos preadolescentes no llegaron nunca a entender el porqué de aquel castigo que les imponían en los estíos, aunque llegaran a ser conscientes de que en esos meses a lo único fresco que podía aspirarse era a chupar un polo de "La Ibense". Un polo de aquellos que cuando se aspiraba desaparecía el color rojo o el amarillo, según el sabor fuera de fresa o de limón, quedando reducido a un simple pirulí translúcido.
No llegaron a apreciar lo que podía valer una buena siesta hasta que tuvieron que cumplir con la obligación de hacer la........
